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La familia..., esa proletaria Imprimir E-mail

Hay en España dos Institutos -¿por qué será que han surgido del sentido de responsabilidad social de la iniciativa privada?- que descuellan por sus estudios sobre la Familia. Uno, el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra, se distingue por su carácter científico y por la calidad de su enseñanza. Su máster on line, según los expertos, es de los mejores del mundo.

Vale la pena verlo en Internet. El otro, el Instituto de Política Familiar, se caracteriza por la oportunidad y la agudeza de sus análisis sobre el estado de la familia. Ahora acaba de hacer público su informe 2005 sobre la evolución de la familia en España, con propuestas de medidas sobre política familiar. Vale la pena verlo.

Decimos verlo, porque el informe, mediante gráficos y textos muy sintéticos, es puro mensaje visual. ALBA juzga de mucha importancia este informe, pues consideramos la familia como un cimiento clave de una sociedad sana y humana. Entre decenas de sugerencias, este espacio nos obliga a seleccionar sólo algunas.

Comencemos por el sabor dominante, el que queda tras trasegar un vino, en este caso la sensación final tras mascarse el informe. Este regusto es la injusta infravaloración de la familia, casi un despreciativo abandono, por parte de las instituciones oficiales y los poderes públicos.

Ciertamente los políticos, sobre todo en período electoral, se llenan la boca de promesas sobre la importancia de la familia y el arsenal de medidas que adoptarán en su favor al instante se sentarse en la poltrona del poder. Legislatura tras legislatura, sean los Gobiernos de izquierda, centro o derecha, las promesas se las lleva el viento.

Peor. Las políticas concretas, las que de hecho imponen con la ley y los dineros de todos, favorecen la fragilidad de los vínculos matrimoniales y familiares, promueven el sexo prematuro e irresponsable, la contracepción y el aborto, favorecen los niveles más bajos de valores y exigencia en la educación de los jóvenes, dificultan la maternidad y la dedicación al hogar, gravan fiscalmente el esfuerzo de tener y hacer crecer una familia, desaniman la fe y esperanza en el futuro.

La familia... es la proletaria. Se la puede ignorar, despreciar, agobiar, esquilmar. No pasa nada. La cosa queda impune. ¿Por qué? Porque por encima y por debajo de ese menosprecio y abandono político, las familias españolas -padres e hijos, hermanos, nietos y abuelos- han tenido la costumbre, como la clase proletaria, de “buscarse la vida” a solas, desde sus propias fuerzas, sin esperar nada de nadie más que de sí mismos.

Sin embargo, de la lectura del informe se desprende, con sutil intensidad, una inquietante duda. ¿Todavía en España las familias tienen, en su seno, aquella fuerza y aquellos valores para poder sobrevivir como familias, frente al abandono público, luchando por sacar a los suyos adelante, creyendo en que el futuro vale la pena y, por esa fe, teniendo hijos y criándolos con el esfuerzo que haga falta? Pues eso ya no está tan claro. Más bien, eso ha entrado en profunda crisis.

Ciertos datos del informe, relacionados entre sí, suscitan enormes inquietudes. Por ejemplo. Nuestra población envejece sin remedio, nuestra natalidad sigue estando por los suelos... y el crecimiento de la población global debe atribuirse en una medida importante y creciente a la natalidad de las madres emigrantes.

El 8 por ciento de nuestra población es ya de emigrantes extranjeros. Entre tanto, la cifra de abortos -85000 en 2004- sobrepasará los 100.000 en la estimación para el año 2006, de los cuales la mayoría de vidas truncadas se debe a adolescentes y mujeres jóvenes, sin pareja o con relaciones en crisis. Añadamos las escalofriantes cifras en la evolución de los matrimonios, es decir, de las fundaciones de nuevas familias, que eso es también un matrimonio. Pues bien, cada año los matrimonios son más escasos -en términos relativos con la población-, más tardíos y más frágiles. El incremento de las rupturas es vertiginoso.

Entre 1996 y 2004 la ruptura familiar se ha incrementado más de un 60 por ciento. En el año 1981, de cada 12 matrimonios se rompía 1. En el año 2004, de cada 2 matrimonios se fracturan 1,3. Es decir, que si nada cambia, sobre el año 2010 se producirán igual número de matrimonios que de rupturas.

Un último dato, para no angustiarse más: en el año 2003, el 23 por ciento de los niños nacieron fuera de un matrimonio, es decir, sin poder contar con la unión estable de sus padres y algunos, sin trato o sin conocimiento respecto de quién fue su padre.

¿Puede nuestro lector imaginar la pandemia psicológica y la catástrofe educativa que todo eso significará para millones de niños? ¿Seguiremos dando la espalda a que las desestructuraciones en el matrimonio y en la familia son la causa oculta, fuertemente patógena, de muchas “inexplicables” conductas antisociales, fracasos escolares, disfunciones, inadaptación y desequilibrios de personalidad, violencia doméstica, patologías psicosexuales, y falta de madurez y capacidad de autogobierno en el comportamiento sexual, afectivo y relacional?

Terminemos por hoy. El informe, sin decirlo, suscita también la hipótesis de aparición de una nueva división social. No es entre capitalistas y proletarios, a la vieja usanza. Va a ser entre ciudadanos que gozan de una buena familia y ciudadanos que no. Ciudadanos, estos últimos, a los que les pesará -lo sepan o no, lo asuman o no, lo corrijan o no- la ausencia anómala de un padre, la fractura desde la infancia, quizá desde su concepción, de una familia.

Ciudadanos a solas, sin compañía, sin buena humanización, educación y valores familiares. Vamos a una sociedad con clases de ciudadanos en razón de familia. No es una discriminación política, ni económica, ni ideológica, no es cosa de la vieja división entre ricos y pobre, opresores y oprimidos. Será cosa de haber tenido o no una buena familia. Será cosa de naturaleza. Y eso sí va a ser una bomba nuclear.

Por un camino que Huxley no vaticinó, vamos a una división que Huxley sí anticipó. La de una sociedad de hombres divididos. Humanos, hombres y mujeres, que tuvieron familia y disfrutaron de su amor. Y hombres a los que se les privó de nacer, crecer, ser educados y amados incondicionalmente, sólo por ser desnudamente ellos, como se ama en las verdaderas familias. ¿Qué tipo de cohesión ciudadana será posible en una sociedad tan radicalmente dividida? ¿A quién aprovecha esa división y esa deshumanización de una gran parte de la población, de la nueva generación de ciudadanos españoles?

EDITORIAL

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