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En los primeros días de cada enero, el Papa acostumbra a recibir al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. La razón oficial es felicitar el año nuevo a los representantes de 174 estados más otros 4, los de la Unión Europea, de la Orden Militar de Malta y de las misiones especiales de la Federación Rusa y de la Organización para la Liberación de Palestina.
Prácticamente todo el mundo. Tal vez por eso, el discurso del Papa en esa audiencia tiene cada año mayor significado. Contiene un diagnóstico de la situación global y expresa el objetivo preferencial de la diplomacia vaticana. En la llamada Sala Regia, Benedicto XVI ha cumplido con esa tradición la mañana de este 9 de enero. El discurso no tiene desperdicio. La paz -les ha dicho a los representantes del mundo político- es hoy la cuestión. Y les ha explicado la visión cristiana de la paz. Por de pronto, estamos ante una insistencia, demasiado expresa y consciente, para interpretarla como simple reiteración. Hay videncia en esa terquedad. Benedicto XVI retoma su discurso sobre la paz del pasado 8 de diciembre. Parece sentirse urgido por la misión del nombre que él mismo eligió, Benedicto XV, el Papa de la paz, o san Benito, el sembrador del espíritu de oración y trabajo en Europa. Dicho de otro modo. Hay en el actual mundo político demasiada palabrería -vana y falsa- sobre la paz. Ese bla-bla-bla es cómplice de la masacre que sufre la paz. Resulta vital rescatar la verdadera, porque hay una “verdad de la paz”. ALBA está comprometido con una información que muestre la mirada cristiana sobre la realidad y la incorpore al mundo de la comunicación. Por eso, ALBA estima una noticia de primer orden informar a sus lectores sobre “la verdad de la paz”. El discurso de Benedicto XVI este 9 de enero al cuerpo diplomático contiene el meollo de la aportación cristiana a esta verdad. La semana del 9 de enero nos trae muchas noticias. Los diferentes medios las seleccionan en función de sus criterios de importancia. Pues bien, ALBA juzga la “verdad de la paz” como una de las grandes noticias, no sólo de estos primeros días de enero, sino de todo el año 2006. ¿Qué es la verdad de la paz? La paz verdadera descansa en tres compromisos. El primer compromiso para quien -individuo o nación- quiere la paz es el respeto honesto a la verdad de los hechos, de las intenciones, de los métodos y de los objetivos. La verdad es el alma de la justicia. Sin verdad no se puede dar a cada quien lo suyo, su derecho, el que de veras le pertenece. El enemigo de este primer compromiso con la verdad es el espíritu de imposición de la fuerza, de la ley del más prepotente, la codicia del poder y la ambición de dominio. La mentira es su método y su hedor. La mentira en sus mil formas, desde las más burdas, como la violencia física, hasta las más astutas y ladinas, como son la manipulación sistemática de la verdad y el culto a la imposición, mediante la coacción moral, de la apariencia y la verosimilitud. La mentira en la vida personal, en la social y en la política necesita subsistir mediante el miedo y la violencia. La paz que consigue la mentira es el silencio del miedo y la opresión de los sojuzgados y sometidos. Juzgue honestamente el lector de ALBA cómo está su panorama personal y familiar, social y profesional, y el político… No se excuse en los demás. Obre en consecuencia. El segundo compromiso de la verdadera paz está en el respeto a los derechos y libertades de las personas humanas, de los ciudadanos. La paz verdadera no se puede alcanzar sin la libertad. Y por eso donde, en vez de la verdad de la paz, sólo hay palabrería falsa, hay de inmediato represión de los derechos y libertades fundamentales. De manera muy concreta, Benedicto XVI ha puesto el dedo sobre ciertos derechos y libertades. Los totalitarismos, las dictaduras, los fundamentalismos terroristas -sobre todo los que invocan a un dios o se constituyen en dioses- tienen que prohibir del todo o cohibir al máximo la libertad religiosa, la libertad de conciencia, la libertad de expresión y comunicación, de asociación y libre circulación. Necesitan prohibir la libre comunicación entre los hombres, entre sus culturas, conocimientos y opiniones. Y, a la vez, necesitan justificar su recurso a la guerra, a la violencia, a la supresión de los otros, siempre reconvertidos en enemigos. Son síntomas de falsa paz los planteamientos y métodos socio-políticos que alimentan la incomprensión, el enfrentamiento, la violencia y las coacciones, el abuso de poder. La construcción de la verdadera paz es incompatible con la guerra y con las situaciones de insoportable injusticia, como es el hambre y carencia de condiciones dignas de vida que, en escándalo que clama a la razón y a los cielos, sufren millones y millones de seres humanos. La verdad de la fraternidad entre todos los hombres, con las consecuentes obligaciones de solidaridad, hace patente la injusticia de esta plaga global. Solamente con la mitad de los presupuestos dedicados a armamento, las naciones podrían en un solo año resolver las situaciones de hambruna mundiales. El tercer compromiso de la verdadera paz es la honesta disposición a la reconciliación y al perdón. No hay esperanza de paz si en el ofendido no brota la disposición al perdón. Eso es cierto, es pura verdad de la paz, pero… De nuevo nos hallamos ante la falsa palabrería, unas veces perversa y otras meras cobardías, cuando no hay voluntad de pedir perdón ni disposición a reparar las injusticias en la honesta medida posible. Los constructores de la paz, sin duda, están obligados a dar los primeros pasos, a rehacer las escenas que alivian los odios y las crispaciones violentas. Quien quiere de veras la paz sabe que debe armarse de paciencia y de esperanza activas. La paz requiere valentía, porque va unida a la verdad. Por eso mismo, la reconciliación, mediante el perdón, conlleva la verdad de la correspondencia entre unos y otros, entre los que perdonan y los que son perdonados. No hay correspondencia, ni siquiera en su momento, si una de las partes no tiene otra intención, método y objetivo que abusar de la disposición a la reconciliación para fortalecer su injusticia, su abuso de poder y su violencia física y moral. No hay reconciliación si no hay petición de perdón. La paz no es el silencio que consigue la opresión, la mentira impuesta o la humillación de la justicia. Para la mirada cristiana, Benedicto XVI no habla de la paz por razones estéticas ni retóricas, al modo del rol de quien es florero o diletante en la gran comedia del mundo. Hay un diagnóstico y una premonición en la terquedad de este nuevo Benito de Europa. Hay un suave y tierno grito. El que pueda entender, que entienda. EDITORIAL
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