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Hay aspiraciones profundas, universales. Son comunes a todos los hombres. La paz -como el amor- es una de ellas. Sus raíces son más hondas que las de nuestras diferencias.
¿Quién no desea estar en paz? Consigo mismo. Con los demás. Sin embargo, el bienestar de la paz es frágil, corto y escaso. Consigo mismo, con los demás. En los pueblos y entre naciones. ¿Por qué? ¿Qué hacer? Todos los políticos -hasta los más violentos y sanguinarios- hablan de paz. A pesar de ser un anhelo general, con tristeza y hastío no les creemos. ¿Por qué? Porque hay un ligamen íntimo entre la paz y la verdad. No podemos creer a quienes, aunque hablen de paz, lo que aman de veras es el poder, la fuerza del poder y el poder de la fuerza. La paz del poder y de la fuerza es una falsa paz. No es paz la represión por cualquier medio de aquello que pone en peligro al poder y su ansia de dominio. No es paz ninguno de los frutos de la mentira. No hay paz en la injusticia, porque cuando le quitamos a alguien lo suyo, le forzamos a que se resigne o se contente con una falsedad que le desasosiega y le corroe. No hay paz en ninguna violencia -sobre todo en la que los fundamentalismos justifican abusando hasta el extremo del nombre de Dios- porque la verdad se ofrece, clara y respetuosa, a la libertad. En ese ofrecimiento, desnudo e indefenso, a la libertad está la marca, el contraste, de la verdadera verdad. Es la mentira la que necesita de la violencia física o de la coacción psíquica. Es la mentira la que, rindiendo tributo a la verdad, ha de disfrazarse de verosimilitud, mediante mil manipulaciones y artimañas, para aprovecharse de la natural confianza que todo hombre siente hacia la verdad. La verdad y la paz caminan juntas. La verdad es la primera víctima de toda guerra. El engaño hace imposible la paz. Consigo mismo. Con los demás. En los pueblos y entre naciones. Benedicto XVI acaba de proponer, como tarea de 2006, el principio de “en la verdad, la paz”. No se trata de un sermón de ‘buenismo’ ni de un discurso de ‘política blandiblú’. La primera condición de quien, de veras, quiera contribuir a la paz es una rectificación interior y personal. Hay que tomar la resolución de dejarse “iluminar por el resplandor de la verdad”, es decir, hay que anteponer el respeto a la verdad. Honrar la verdad -tener honor- es cosa de hombres hechos y derechos. La apelación al honor -valor que no se estudia en nuestro sistema educativo y casi nadie sabe qué significa- es una llamada general..., pero ¡menudo aviso a nuestra clase política! Intuimos muchos que una serie de sentimientos negativos de la ciudadanía -el hastío, la desconfianza, la cabreada impotencia, el pasotismo, el “aquí vale todo y no pasa nada”- son alimentados por el hábito de mentir y la manipulación sistemática de la verdad que se permite la clase política. La salud de la res publica se corrompe a ojos vista sin una alta dosis de honor a la verdad. Los ciudadanos, que quieran comprometerse activamente con la paz, deben plantearse como urgente tarea de 2006 el exigir respeto a la verdad a todos nuestros políticos. Ellos nos la deben porque, gracias a nuestra voluntad expresada en el voto, les hemos hecho nuestros representantes, no nuestros dueños. Es intolerable -una colosal falta de respeto a la democracia y a la ciudadanía- que nuestros representantes consideren la violación de la verdad y el arte de la apariencia como método consustancial, trastienda y experiencia, del político curtido. Los políticos profesionales se justifican trasladando la culpa a los electores: “Hacemos esto y de esta manera para ganar esos o no perder aquellos votos”. Pues bien, si nos mienten por causa nuestra, seamos los ciudadanos quienes, alzando la voz y en su día el voto, echemos fuera a los mentirosos. Es demasiado, tal vez, que se nos pida aguardar el día del Apocalipsis, cuando la voz del poder y la gloria pronuncie la terrible sentencia: “¡Fuera... todo el que ame y practique la mentira!”(22,15). La paz no sufre solamente en las guerras, en los conflictos armados entre los ejércitos de las naciones, donde -si Dios reparte suerte- muchos de nosotros no tendremos parte directa. La gran mayoría de nuestros lectores tampoco estarán, como altos representantes, en las conferencias y foros internacionales donde se firmen tratados de paz. La mayoría pasamos nuestra vida entre la familia y el trabajo. ¿No va con nosotros la tarea de la paz, el programa de Benedicto XVI para 2006: “En la verdad, la paz”? Pues va y muchísimo. Planteémonos la construcción de la verdad y la paz en nuestras familias. Entre las verdades que engendran la paz están la igualdad y la fraternidad entre todos los hombres, creados por amor por el mismo Padre, cada uno con valor incondicional e incalculable, pues todos pertenecemos a una misma familia, la humana, que tiene un caminar y destino en común. Ahora bien, el primer santuario donde se procrea la vida de cada hijo y donde se aprende el amor de fraternidad es la familia, la concreta de cada uno de nosotros. Mucha tarea tenemos ahí, para enseñar de manera vivida el respeto a la vida en su estadio primero, la del concebido y todavía no nacido, al que la verdad y la paz exigen amor incondicional desde ese primer momento. Mucha tarea a favor de la verdad y la paz hay, en el seno de nuestras familias, para alumbrar el amor de los hermanos, para conservarlo y desarrollarlo, para restaurar sus conflictos y heridas. El mayor bien de cada una de nuestras familias es su unidad, la verdad y la paz de su unidad. Pero el núcleo de esa unidad es la comunión conyugal entre los padres. La verdad de su fidelidad y lealtad, la verdad de su entrega sin reservas, en lo bueno y en lo malo, para toda la vida, la alegre y denodada resolución de amar la vida y su fecundidad, es fuente de paz y confianza íntimas no sólo para los propios esposos, sino para todos sus hijos y familiares. Sentémonos un instante a la vera del camino, en el arcén de la autopista de nuestra vida conyugal y familiar. “La verdad de la paz llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras -ha dicho Benedicto XVI-, estimula a buscar y recorrer la vía del perdón y la reconciliación, a ser transparentes y fieles a la palabra dada”. En fin, la paz es una tarea política, sin duda. Pero si hay que decir la verdad, la paz comienza por ser una tarea interior de cada uno de nosotros. Y eso no es posible sin poner verdad y paz en nuestra vida de intimidad, que no es otra cosa que nuestra vida de esposos, padres e hijos, hermanos. Tenemos mucho que hacer en este 2006. EDITORIAL |