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El 2005 está a punto de concluir, o ha terminado ya (depende de cuándo se lea ALBA), y tenemos por delante un año de desafíos. No comparto el espíritu negativo ni el catastrofista, así que optimismo y valentía parecen buenas recetas.
Hemos calificado 2005 como ‘El año en el que perdimos el miedo’. Con su vida y su muerte, Juan Pablo II enseñó a alejar nuestros miedos. Este año, muchos españoles han aprendido a dar la cara en iniciativas civiles y en el ejercicio de sus derechos. No debemos permitir que un Gobierno que se pretende laico, sin entender la aconfesionalidad estatal, y que agrede libertades tan fundamentales como la religiosa y la libertad de expresión (arts. 16 y 20 de la Constitución) expropie a los padres asuntos neurálgicos como la familia y la educación. La batalla por la dignidad de la persona tiene muchos frentes. ALBA adelantó hace un par de semanas la escalofriante cifra de abortos en España en 2004: casi 85.000. La degradación moral es, pues, considerable. Este semanario luchará junto a tantas personas de bien para que la vida prevalezca. Miles de personas han buscado en 2005 más libertad y más solidaridad. Juan Pablo II efectuó en Memoria e identidad una interesante distinción entre nacionalismo y patriotismo. “El nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de los demás. Por el contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia y, por tanto, es una forma de amor social ordenado” (pág. 87). ¡Feliz año nuevo! Rafael Miner |