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La mentira del aborto o de cómo ser un imbécil Imprimir E-mail

Nuestro Ministerio de Sanidad y Consumo -¡qué extraña pareja esta del consumo con la sanidad!- acaba de publicar la información estadística y epidemiológica oficial de las interrupciones voluntarias del embarazo declaradas en España durante el año 2004. La cifra es espeluznante: 84.985 abortos durante el año 2004.

Si sumamos las cifras anuales, desde la despenalización en 1985, el resultado es 929.363. Si tenemos en cuenta que el año 2004 arroja un aumento del 6,5 por ciento respecto del año anterior, podemos anticipar el temible balance que arrojará el presente 2005. El aborto se ha convertido en la primera causa de mortalidad en España. Más de un millón de muertos.

Como su propio nombre indica, la interrupción voluntaria del embarazo es una voluntaria interrupción de la vida de un ser humano, pues cualquiera de nosotros tenemos la costumbre de pasar los primeros nueve meses de nuestra vida, desde la concepción hasta el nacimiento, en el seno de nuestra madre.

Y esta íntima acogida, protección y nutrición es, sin duda, uno de los componentes más profundos de la verdad del ser “madre” y, en correspondencia, del ser y sentirse hijo.

Esta realidad elemental supone–si el lector no está entre quienes hilar dos ideas les funde los plomos o les agobia la olla hasta la extenuación- que unas 800.000 madres, con la complicidad de ciertos facultativos y otros prójimos, decidieron voluntariamente matar a sus hijos, algunas reincidiendo, aprovechando el tener su vida refugiada y confiada en su seno.

Una homicida negación de la vida más inocente e indefensa. Una negación alevosa, prepotente, cruel y despiadada de la maternidad. Estamos asistiendo a una de las tragedias más degradantes de nuestra civilización.

Editorial

Con toda probabilidad, la que más nos está deshumanizando de manera más insidiosa, pues es causa subterránea de muchas degradaciones de apariencia inexplicable. Obviamente, uno es muy libre de elegir ser imbécil. Si le va o le pone serlo, entonces tendrá que mentirse varias veces con enorme cinismo.

Por ejemplo. Contra toda evidencia biogenética y experiencial, tendrá que sostener que el ser humano concebido no existe propiamente, sino que es solamente un trozo del cuerpo de su madre –deberá evitar la contradicción de decir “madre”- y que cualquier mujer tiene el derecho de hacer con su hígado, riñones y matriz lo que le venga en gana.

Claro está que esta coartada plantea la nueva cuestión de cuándo y cómo un trozo de la madre se convierte, de pronto, en otro y nuevo ser humano. Deberá evitarse, entonces, recordar que óvulo y espermatozoide es lo que aportan la madre y el padre en el inicial e irrepetible momento de la concepción del nuevo ser.

Para ello, bastará con inventarse un ideológico período de preembrión, es decir, de eres pero no eres. Para mejor garantizarse una insensible imbecilidad, lo mejor es no plantearse la cuestión, otra vez, de cuando, comó y mediante qué agente genético, el pre se convierte ya en embrión humano vivo. Se puede fijar una fecha en cualquier dato artificial –las doce semanas, por ejemplo-, como varita mágica de la transformación en vivo, como si un guarismo arbitrario pudiera hacer de progenitor. También puede recurrir al requisito progresista de adquirir conciencia…

Este último argumento es genial, porque astutamente administrado permite a los padres modernos liquidar no sólo a los concebidos no nacidos, sino a todos aquellos hijos que, bien entrados en la treintena, persisten sin conciencia alguna en permanecer en el domicilio familiar –a modo de prolongación del embarazo-, ocupando metros cuadrados y gravando el presupuesto.

Los caminos para ser imbécil son trillados y demasiados. No nos sentimos suficientemente sabios para ilustrarles sobre todos ellos. Si el lector recurre a su capacidad de autoengaño, encontrará inspiración para descubrir sendas inéditas.

Por ejemplo. Elena Salgado, nuestra ministra de Sanidad y Consumo, impactada por las cifras terroríficas, se ha apresurado a exculpar al actual gobierno y a regalarnos una perla. En cuanto a culpas, algo de razón tiene…, porque no solamente el de Zapatero, sino también los gobiernos de Aznar y de  González, han sido cómplices responsables del incremento incesante de la colosal masacre.

La primera causa de mortalidad de los españoles. Más que el cáncer y el tabaco y los accidentes de tráfico. Y ahora la perla de la ministra. Ha dicho que “ninguna mujer desea abortar, siempre es el último recurso en el caso de un embarazo no deseado”. Si el lector quiere ser imbécil, ha de evitar hacerse dos preguntas insoportablemente sencillas.

Primera. ¿Qué eufemismo para cínicos o estúpidos es un “embarazo no deseado”? ¿”Eso” es un irrepetible ser humano vivo…, o “eso” es tan sólo un sentimiento negativo individual, algo así como el deseo de no tener papada y las ganas de extirparla?

Segunda. Si “ninguna mujer desea abortar...”, entonces es que el aborto no es cosa buena, ni progre, ni liberadora de la mujer. “Si ninguna mujer desea abortar…” es que cualquier madre intuye que es un homicidio. Y ¿si “ninguna mujer desea abortar…”, entonces cuáles son las verdaderas causas que la obligan a tomar una decisión tan brutal, cual es matar al hijo de sus entrañas? 

Si se desea alcanzar un grado mayor de imbecilidad, el lector se abstendrá de intentar identificar esas causas que obligan a las madres a matar contra su natural inclinación y voluntad. Se morderá la lengua para no demandar a los gobiernos españoles sobre qué medidas eficaces han tomado contra las causas reales que han empujado a cerca de 800.000 madres españolas a matar a un millón de sus hijos.

Y administrándose dosis masivas de “imbecilina” –fármaco que se expende en cualquier botica progre- creerá con fe de carbonero que toda la culpa de la masacre reside en que nuestras mujeres, sobre todo las más abortistas que tienen de 20 a 30 años, todavía no tienen la menor información acerca de cómo se producen los embarazos y siguen pensando que los trae la cigüeña tras enviar una carta a París.

Así que sea usted imbécil y gaste dinero público a espuertas para las campañas de información contraceptiva. Ni se le ocurra dudar que ahí está la milagrosa solución. Dése con la cabeza contra la pared, si su mente cae en cuenta que los gobiernos españoles llevan ya veinte años financiando información sexual contraceptiva… y que los abortos no cesan de aumentar cada año.

Entre las últimas perlas, figuran las declaraciones de Maribel Montaño, secretaria de igualdad del PSOE. Dice que “teniendo siempre como objetivo la defensa de los derechos de las mujeres, los esfuerzos hay que centrarlos en evitar llegar al aborto, por las consecuencias que éste causa en la salud física y psicológica de la mujer, que en algunos casos llegan a ser muy graves”.

Es decir, sí al derecho al aborto, pero no a las patológicas consecuencias de su ejercicio. ¡Atención, los anhelantes de ser imbéciles, recuerden que es obligación progre-ideológica la defensa del derecho al aborto!

Ni por asomo se les ocurra pensar que, si hay que estar a favor del derecho al aborto, como uno de los modernos derechos de la mujer, resulta sumamente contradictorio que un derecho cause estragos muy graves en la salud física y psíquica de la mujer.

¡Qué derecho tan raro y peligroso! ¿Se imaginan que el derecho a la vida, a la integridad física, a la libertad religiosa y de pensamiento, que el de libertad de expresión, o de educación o de asociación… causasen daños  muy graves a la salud física y psíquica de los ciudadanos?  Pues ¡mucho ojo! Si quiere ser un imbécil solemne, debe reprimir tales preguntas.

Dígase a sí mismo: “todo el problema reside en que las españolas copulan sin saber hacerlo”. Y, tras esa magnificencia del pensamiento diagnóstico y terapéutico, dejemos a nuestras mujeres – desde su temprana adolescencia- en las benéficas y magisteriales manos de las autoridades públicas, los fabricantes de preservativos, las industrias del contraceptivo y los abortivos, los negocios de las clínicas de la voluntaria interrupción de las vidas de un millón de españoles.

 Y ahora las preguntas para quien se niega a ser imbécil. Primera.¿Qué queda de un ser humano cuya identidad femenina y materna, ya desde su incipiente pubertad, es “deformada” para una sexualidad opuesta a su potencial y responsable maternidad, para una praxis del sexo superficial, inmadura, compulsiva, promiscua y contramaterna, para una percepción del hijo como cosa no deseable, si valor, molesta, cuya liquidación es legal y banal? 

¿De veras se cree que la madurez de la sexualidad de una mujer se consigue a base de ampliar las técnicas contraceptivas y abortivas?  ¿Cuándo las fuerzas intelectuales y sociales, que dicen estar comprometidas con el progreso, harán examen de conciencia sobre la colosal alienación de la mujer que está suponiendo la cultura del aborto?  Segunda. Detrás de cada aborto hay un varón.

En la mayoría de los casos, hay un hombre que por acción u omisión es un huido de su responsabilidad, un hombre que ha dado la espalda a su identidad masculina y paterna, un inmaduro y un cobarde que rechaza ser el refugio del regazo, el protector y garante de la vida indefensa, aquel cuya identidad debía ser “quien ama a esta madre”.

Un número mayoritario de mujeres que abortan carecen de pareja, no era estable sino casual y hasta anónima. Hecha esta identificación, tantas veces olvidada, viene la inseparable consecuencia. El drama del aborto en la mujer se realimenta de un brutal empobrecimiento del hombre y de la madurez de su virilidad. ¿Qué es ser hoy un hombre, todo un hombre, recto, justo y fuerte? Hoy, el varón es una voluta de humo en busca perdida de su sentido.

¿De veras se cree que, ora la brutalidad ora la ambigüa debilidad, en todo caso la carencia de identidad del varón actual, se curan promoviéndole un sexo del placer sin responsabilidades hacia la mujer y la paternidad, ampliándole su arsenal de contraceptivos y abortivos?  La historia será implacable con los imbéciles proabortistas.  Para entonces, sin embargo, la inmensa mayoría habrán muerto.

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