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Para ALBA lo más importante es que vuelve a ser Navidad. ¿Qué decir a nuestros lectores que, sin excluirlo, trascienda el mero felicitar estas fiestas? La sensación de dificultad deriva de la cuantía y riqueza de bienes que contiene la Navidad. ¿Cuál seleccionar?
La propia Noticia Buena -el Verbo de Dios se nos hace hombre y, como cualquiera de nosotros, nace niño e hijo en una familia, la de José y María, para rescatarnos de nuestras miserias, penumbras e infiernos y ofrecernos su vida eterna- es una inaceptable locura para la razón y los intereses mundanos, los de tejas abajo, los del egoísmo y de la codicia por tener, para sí, más y más. Una locura, ésa es la cuestión. Que Dios hecho Niño es una locura del Amor. Por eso, los corazones que aman comprenden sencillamente la Navidad, aunque les parezca una extraordinaria maravilla. No necesitan sofisticados argumentos, complejos discursos. La Navidad es un ofrecimiento de amor, el máximo inimaginable, pues es Dios mismo quien se regala a la Humanidad, encarnándose en nuestro modo de ser, para que cualquiera de nosotros, en verdad e intimidad, podamos a Jesús decirle Dios “mío”, es decir, “amor mío”. La Navidad es una revelación -nada menos que hecha por Dios mismo- del misterio de la Vida que hay en el niño, en cada uno de nuestros niños e hijos. Ellos son lo mejor de la Humanidad. La luz de la inocencia, la confianza y la esperanza en medio de tanta noche oscura que nos atraviesan las sirenas de hechos terribles. La Navidad es la señal -proclamada por Dios mismo- del culminante valor de cada familia, de las identidades tan profundas que somos gracias a sus lazos de amor. Nada más real, más cargado de verdad, que lo que entre nosotros somos como hijos, hermanos, padres y madres, abuelos y nietos. La Trinidad se nos revela en términos familiares: Padre, Hijo y Espíritu Santo en comunión eterna de íntimo Amor y Vida. La señal que el ángel de Nochebuena dio a los pastores, la misma que la estrella de Oriente a los magos, fue un niño. Un niño en el regazo de su madre, María. Un niño y su madre, protegidos ambos por el padre, José. Me temo que no somos pocos los decepcionados y críticos... Las Navidades -nos decimos- se han adulterado. Son fiestas comerciales. Compras y comilonas. Las Navidades se han traicionado una y otra vez. Hay tanta hambre, injusticias, guerras, explotación -¡qué palabra menor!-, masacres de niños, empezando por el holocausto de los concebidos a los que matamos a millones antes de nacer. Son muchos a los que estas fiestas les ponen tristes. De acuerdo. Sin embargo, y pese a todo, vuelve a ser Navidad. Vuelve a serlo, no sólo porque tengamos la costumbre de rememorar, al modo como cada 7 de julio estallan los sanfermines o a fines de agosto se reanuda puntualmente la liga de futbol. Vuelve a serlo porque Jesús, el Niño y el Hombre, está vivo entre nosotros, en la Eucaristía, dispuesto a acompañarnos, codo a codo, en revivir de veras el misterio de la Navidad. ¿Por dónde recomenzar? ¿Dónde decirle al Niño Jesús: “Vente conmigo a mi vida”? Por lo más profundo, lo más real, lo más verdadero y próximo..., que son nuestras familias. Vuelve a ser esta Nochebuena una nueva ocasión de hacer allí renacer al niño que todos guardamos dentro. Quizás algunos lo tengan escondido por tantos miedos, heridas y decepciones. No nos rindamos a su agonía. Acerquémosles al Niño Jesús, principio de Vida y Amor, para que recaliente su latido. Y pongámonos a amar, otra vez una pizca o un océano más, a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestros hermanos, a nuestro marido, a nuestra esposa, a cada uno de nuestros hijos, a nuestros abuelos, a nuestros nietos, a cada uno. Una buena forma de amar es aliviar, que es lo mismo que hacerles más fácil y grato el deber de amor que nuestros familiares tienen hacia nosotros, para que amarnos no les cueste un calvario. Vuelve a ser Navidad. Arriba los corazones. Está en nuestras manos, aquí y ahora, poner vida y amor en nuestra familia. EDITORIAL
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