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Nada más gozoso que una Navidad vivida en familia. Los niños saben que no están soñando cuando ponen el belén. Por eso sitúan a san José muy cerca de la Virgen, y los dos mirando al Niño. Porque necesitan verse siempre así. Con papá y mamá muy unidos, notando el calor del afecto.
Llega la Navidad. Es la hora de poner el nacimiento. Los niños disfrutan montando el belén. Allí están los pastores que guardan sus rebaños en la noche, cuando se les presenta el ángel que anuncia la buena noticia, a la vez que escuchan el canto de los cielos: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres". También hoy, niños y mayores, necesitamos que el canto de los ángeles siga siendo actual: no más guerras, terror ni violencia. Los pastores se dirigen a Belén, donde ha nacido el Rey de la Paz. Le ofrecen lo que tienen, el fruto de su trabajo. Y allí se encuentran con una familia pobre que los acoge en un portal. No tienen mejor casa donde recibirlos. José, un carpintero. María, sus labores. Un niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Un buey y una mula que dan calor. Nada se echa en falta. Nada más gozoso que una infancia vivida en una familia que se quiere, donde los pequeños momentos entrañables como el de poner el belén nunca se olvidan. Y cuando pasa el tiempo, las montañas de corcho y escayola, las figuritas de barro, el olor del serrín y del musgo nos transportan de nuevo a ese mundo feliz. Recuerda Marcel Proust en el primer libro de la serie En busca del tiempo perdido que, después de muchos vaivenes en la vida, al reconocer el sabor del pedazo de magdalena mojada en tila que su tía le daba, el mundo que lo rodeaba comenzaba a recobrar su consistencia. Aquel gusto sencillo e inconfundible que el tiempo había borrado casi por completo de la memoria de su paladar despertó a ese niño feliz que llevaba dormido dentro. Se reencontró consigo mismo. Cada vez que la mojaba para acercarla a la boca, todo el mundo de su infancia salía de su taza humeante de tila. Esa experiencia se puede repetir en cada uno durante la Navidad. Cuando menos lo esperemos, la melodía de un villancico, el rumor del agua que corre en el gran belén de casa de los abuelos o los ojos abiertos del niño ante las carrozas de la cabalgata evocarán recuerdos que remuevan los sentimientos más arraigados en el corazón. Podremos reencontrarnos con nosotros mismos, con la fe sencilla de la infancia, con la alegría aventurera de la juventud, cuando pensábamos que valía la pena luchar por sacar adelante una familia y construir un mundo mejor. Nuestros niños agradecerán el día de mañana tener también esos recuerdos. Nunca olvidarán la escena de sus padres explicándoles quiénes son cada una de las figuras del nacimiento, mientras les quitan el polvo y les dicen dónde hay que ponerlas. Las más vistosas son tres personajes montados en un camello: los magos. Dice el Evangelio que habían visto una estrella en Oriente y que, dejando allí todas sus cosas, la siguieron. Las gentes de Jerusalén no están acostumbradas a ver hombres así. Uno tiene la piel morena, otro los ojos rasgados. Son extranjeros. Hablan otra lengua y no conocen la cultura ni las tradiciones locales. Su presencia suscita recelos a Herodes y a toda su corte de poderosos. Pero vienen guiados por la estrella de Dios y, con esfuerzo y perseverancia, con valentía, logran dar con la familia de Belén. Allí se encuentran en su casa. Son buena gente, que ofrecen lo que tienen. Por eso, son acogidos con afecto. En la familia de Dios no sobra nadie. En el portal de Belén son bien recibidos los pastores -judíos-, los magos -extranjeros- y todos los que se acercan con buen corazón. Los niños saben que no están soñando cuando ponen el belén. Por eso sitúan a san José muy cerca de la Virgen, y los dos mirando al Niño. Porque necesitan verse siempre así. Con papá y mamá muy unidos, notando el calor del afecto. Los pastores, los magos, todos los que llegan al Portal saben el motivo de tanto gozo: “Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor”. Ahí está el fundamento de la esperanza capaz de levantar el ánimo durante toda la vida. Porque quien mira a Jesucristo sabe que la ilusión de construir un mundo mejor no es alocada fantasía juvenil, sino posibilidad real y tarea urgente en la que empeñarse hoy. Cuando un cristiano se prepara para hacer memoria del nacimiento del Redentor, experimenta en sí un escalofrío de alegría, que se comunica, en cierta medida, a toda la sociedad. Francisco Varo, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra |