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Cuento de Navidad: Rogelio Imprimir E-mail
Para José Luis Olaizola

         La nieve cubría el monte. Era el blanco sombrío de las noches de invierno en las montañas. Una casa destacaba en lo alto, entre pinos, como de cuento, con su chimenea y el humo saliendo en espiral.
         Una larga carretera llevaba hasta lo alto del monte, serpenteando, y se oía algún que otro aullido extraño.
         El hombre estaba solo, con su perro, y escuchaba discos interminablemente, viejas canciones... Sentado en una mecedora, frente al fuego, no tenía fuerzas ni para cambiar los discos.
         Siempre eran las mismas cosas, los mismos recuerdos… El perro ladró y se vino desde la cocina. Era Nochebuena y estaban solos; en eso no se diferenciaba este día de todos los demás. Su mujer había muerto quince años atrás. Sus hijos habían prosperado. Uno vivía en la capital con una mujer muy rica, y no querían tener hijos. Tampoco querían saber mucho de él. Su hija vivía lejos, en Europa… era encantadora, pero cada vez le llamaba menos.
No reprochaba nada a nadie, pero tenía complejo de caballo fuera del circuito, vencido, polvoriento, con el número de la carrera ajado.
         Pasaba las hojas plastificadas, duras, de un álbum de fotos, verde, con letras doradas… El día más feliz de su vida. Veía las fotos... Se las sabía de memoria, pero le gustaba pasarlas. Era agridulce, pero le gustaba.
         “Qué guapa estaba saliendo del coche, cómo saludaba, qué seguridad, y yo tan nervioso… Me acuerdo lo que nos dijo Rogelio aquel día, sí, me acuerdo muy bien, y yo no le di importancia: “¿Os dais cuenta de que éste es el día más feliz de vuestra vida?” La iglesia, el atrio, las altas torres, la campana. Había llovido: el suelo se transparentaba, relucía, reflejaba un poco todo. “Era hermoso.” Tanta gente.”
         “El día más feliz”, murmura, cerrando los ojos.
         Pero fuera se oyen ruidos extraños, de lobos… y también un coche, que viene a lo lejos. No lo oye porque su oído no es tan bueno, pero sí oirá el claxon, tan pasado de moda, cuando llegue y los pitidos sean más insistentes. “¿Qué rayos pasará ahí fuera?”, dice, y sale de la casa, a ver… Ahí está: es un SEAT 1500, negro, reluciente. Los faros detenidos iluminando pequeñas partículas. Pero él conoce ese coche, conoce al hombre que está al volante. Serio pero sonriente. Rogelio baja del coche con un bastón y mira al cielo… Está muy elegante con el chaqué.
         Señala al cielo, con el brazo extendido, como un domador de circo, e inmediatamente se ilumina el monte, la casa, los pinos desaparecen… se forma una plaza, se eleva una iglesia, con sus dos torres, tan antigua… El suelo abandona la nieve y luce con una pátina de agua en la piedra, porque ha llovido por la mañana. Y sale ella, radiante, con su traje largo y blanco, muy largo, esplendoroso de encajes, con su velo y con la sonrisa transparente, sus pasos de duquesa, hacia él.
         No lo puede creer. Su casa se ha convertido en la iglesia; él mismo viste un chaqué y está rodeado de un montón de gente, esperando a la mujer de su vida. Y entonces es consciente; mientras espera que ella llegue a él, lleno de una fuerza que nunca antes había sentido, se dispone a vivir su día más feliz, con ella.
Eduardo Martínez Rico
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