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Pedro Juan Viladrich
Ocurre que excelentes académicos –los maestros grandes- dan lo mejor de sí cuando se expresan en círculos de trabajo más íntimos, en sesiones de seminario con sus discípulos, en pequeñas reuniones informales e improvisadas, más que en la clase reglada –la que empieza a las diez y debe terminar en 45 minutos-, en las grandes conferencias y los actos académicos más formales.
No debemos extrañarnos. La inspiración, el resplandor, la tierna luz son así. Gustan de la confianza, de la afinidad afectiva, de la libertad. Benedicto XVI, el Papa, conserva estas características de gran maestro universitario, las del Profesor Ratzinger. Es patente a todos que dice cosas importantes, profundas y directas en las grandes ocasiones. Pero está superior en las distancias cortas, en el “preguntadme y os respondo”, en las tertulias más informales. Ahí brilla inesperado, penetrante, seductor, sugestivo y tremendamente constructivo. Uno de estos apasionantes lances ha tenido lugar el 31 del pasado agosto. Lugar, la Sala degli Svizzeri del Palacio de Castel Gandolfo. Benedicto XVI recibe a un grupito de curas de la Diócesis de Albano, en cuyo territorio se ubica la residencia veraniega del Papa. El encuentro toma, de pronto, el formato de una tertulia en confianza. Los curas preguntan. El Papa responde. En vivo y en directo. Los curas se encuentran con el maestro universitario, con el Ratzinger que disfruta y da lo mejor de sí en la esgrima improvisada. Pero en su personalidad hay algo nuevo. No es contradictorio, ni diferente. Es como un crecimiento del mismo Ratzinger, pero a otro mayor nivel de sencilla luz. Pero esta es otra historia, que hoy no toca. Volvamos a la improvisada tertulia. Resultado, una delicia para el alma y para el intelecto. Allí se preguntaron muchas cosas, pero hubo dos respuestas del Papa universitario sobre el matrimonio, cuyo sentido, en obligada síntesis, deseamos trasladar a nuestros lectores.
En la primera, el Papa responde a una pregunta sobre las dificultades y los recursos de la evangelización en la sociedad actual. Enfatiza la clave del matrimonio y, de pronto, abre la luz sobre el problema de fondo de los divorciados, que vuelven a casarse, y su acceso a la comunión eucarística con el cuerpo de Cristo: “(el matrimonio) Se presenta –dice- como una enorme ocasión misionaria, porque hoy –gracias a Dios- quieren todavía casarse en la Iglesia muchos que no la frecuentan. Es una ocasión para enseñar a estos jóvenes a plantearse en serio la realidad que es el matrimonio cristiano, el matrimonio sacramental. Me parece una responsabilidad muy grande. Lo vemos en los procesos de nulidad y los vemos sobre todo en el gran problema de los divorciados que se han vuelto a casar, que quieren acercarse a la Comunión y no comprenden el por qué no es posible. Probablemente no han comprendido, en aquel momento que dieron el “sí” delante del Señor, qué cosa es este “sí”. Es un aliarse con el “sí” de Cristo con nosotros. Es un entrar dentro de la fidelidad del propio Cristo, por tanto un entrar en el Sacramento que es la Iglesia y así en el Sacramento del matrimonio. Por eso, pienso –continúa el Papa- que la preparación al matrimonio es una ocasión de una grandísima importancia, de misión evangelizadora, en orden a anunciar de nuevo dentro del sacramento del matrimonio el sacramento de Cristo, para comprender esta fidelidad y desde esa luz hacer entender, en consecuencia, el problema que hay en los divorciados que vuelven a casarse.” No haremos comentarios. El que quiere realmente entender la verdad, no arrimarla a su interés particular, seguro que entiende el núcleo de la cosa.
La segunda respuesta del Papa, mediante un emocionado recuerdo a su reciente visita a Valencia, va dirigida a los combatientes matrimoniales, a las heridas y dificultades entre los esposos, a la luz y valor que hay en este pelear, en el cada día de la vida, por la conservación de la unión, por su crecimiento y por la constante reparación de sus conflictos y desgastes. Benedicto XVI confiesa que una de las cosas que más le han conmovido y más le han hecho meditar del Encuentro con las Familias de Valencia, han sido los innumerables testimonios de matrimonios concretos (pueden verse en contenidosemf.com) sobre cómo superaron juntos pruebas muy duras de la vida, las que vienen del enemigo de afuera y las crisis y heridas de los enemigos de dentro, las que se inflingen los propios esposos y sus familiares.
“Me han sido muy importantes –confiesa Benedicto XVI- estos testimonios de las crisis que han sufrido. Una de estas parejas estaba ya a las puertas de divorciarse. Han explicado cómo han aprendido a vivir esa crisis, este sufrimiento ante la diversidad y distancia del otro, hasta aceptarse otra vez de nuevo. Justamente en la superación del momento de la crisis, del ansia por separarse, les ha crecido una nueva dimensión del amor y se les ha abierto una puerta sobre una nueva dimensión de su vida, una dimensión que solamente ha podido reabrirse gracias a haber logrado soportar el sufrimiento de la crisis. Esto me parece muy importante. Hoy muchos llegan a su crisis en el momento que ven la diversidad de temperamentos, la dificultad de soportarse cada día... y para toda la vida. Entonces se dicen: separémonos. Sin embargo, hemos comprendido gracias a estos testimonios de crisis, en el soportar aquel momento en que parece que nada queda ya, que ahí precisamente se abren nuevas puertas y una nueva belleza del amarse. Una belleza hecha solo de armonía no es una verdadera belleza. Le falta algo, resulta deficitaria. La verdadera belleza, en cambio, tiene necesidad también del contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan. También la uva para madurar tiene necesidad no sólo de sol, sino también de lluvia, no solo del día sino también de la noche... Debemos aprender la necesidad del sufrimiento, de la crisis. Debemos soportar, trascender este sufrimiento. Solamente así la vida se hace rica de veras. Para mí hay un valor simbólico en el hecho de que el Señor lleve los estigmas –las huellas de su pasión y muerte- por toda la eternidad. Son expresión de la atrocidad del sufrimiento y de la muerte, pero son sobre todo sellos de la victoria de Cristo, de toda la belleza de su victoria y de su amor por nosotros... Los esposos deben aprender juntos a caminar hacia adelante, también por amor a sus hijos, y así aprender juntos a conocerse de nuevo, a amarse de nuevo, en un amor más profundo y mucho más verdadero. Sólo de esta manera, mediante un largo camino, con sus sufrimientos, madura realmente el amor verdadero”.
No haremos tampoco comentarios. El amor verdadero, el bueno y el bello no lo es entre amantes esféricos y perfectos, sino entre concretos seres humanos, llenos todos de limitaciones y defectos. Pero el que ama de veras, nunca se rinde y menos si tiene de íntimo cómplice y aliado de su unión conyugal al propio Cristo. Las grandes historias de amor, los verdaderos y veteranos matrimonios, saben todo esto. Lo saben con sus vidas vividas sin rendir la bandera. Pero no está nada mal... que lo subraye el propio Papa.
Vicepresidente del Grupo Intereconomía |