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No caemos en la joya que es la familia. La fundamos con el viento favorable de las inclinaciones naturales, la fuerza de atracción entre hombre y mujer y el impulso hacia los hijos. Vivimos la familia en medio de un modelo social y cultural que, no pocas veces, le es hostil y, muchas, se aprovecha de sus colosales funciones personales y sociales -que los padres cumplimos como héroes anónimos- sin un reconocimiento justo, ni recibiendo ayudas proporcionadas a su insustituible misión procreadora, educativa, solidaria y humanizadora. Es hora de que las familias tomen conciencia del tesoro de su ser y de su acción. Porque, en todos los campos y también en el familiar, una dosis de verdadero conocimiento sobre lo que somos es imprescindible para lograr ser lo que debemos ser. Y ese saber de la familia sobre sí misma es clave en esta hora de ataques esenciales y confusiones maliciosas.
El Encuentro de las Familias con el Papa este 8 y 9 de julio en Valencia nos sugiere una sugestiva faceta de la familia. La generación humana es comunicación de la vida no sólo biológica, sino personal. Se trata de una diferencia radical respecto de la reproducción de animales y vegetales. Entre personas, el engendrar y el ser engendrado configuran una comunidad originaria de vínculos de amor, una red de identidades profundas, recíprocas y biográficas, un entramado de solidaridad y mutua ayuda, de co-pertenencia y co-responsabilidades basadas en ser de la misma carne y sangre. La familia es una genealogía entre personas. Por origen “no soy una ameba, ni una codorniz, ni un beta 4500981”. Por humana y persona “mi origen es una genealogía entre personas”. Una genealogía significa que nos comunicamos el origen compartiendo la misma carne y sangre, lo que explica la profunda y exclusiva intimidad humana que hay en cada familia. Una genealogía entre personas significa estar vinculados por lazos de amor que son derechos y deberes, que tejen la primera sociedad. Una genealogía que fluye a través del tiempo, cohesionando tradición y futuro entre generaciones. Por la presencia vivida de estos lazos de amor, ayuda y servicio, pertenencia y responsabilidad recíprocas, es por lo que nos podemos llamar, en verdad, marido y mujer, padres e hijos, hermanos, abuelos y nietos. Éstos son nombres exclusivos del ser persona, llenan de espíritu personal y de valores de excelencia ética y jurídica la copertenencia de los cuerpos en el matrimonio y la comunidad de sangre en el parentesco. La familia personaliza el hecho biológico del mero instinto sexual y reproductor. En la familia de fundación matrimonial se definen las diversas modalidades del darse y del acogerse en la intimidad de ser humanidad. Los familiares son nombres que nos revelan nuestro ser íntima comunión unos con otros. No somos soledad individual. Nuestro origen, nuestra identidad profunda, nuestro destino conforma una genealogía amorosa entre personas. No hay alternativas a esta íntima comunión de vida y de amor. Nadie más ridículamente impotente que el Estado y todos sus “hijuelos ideológicos y tecnológicos” para darnos amor íntimo, amor de origen. Nadie más impotente..., pero nadie tan ambiciosamente envidioso de la familia como el estatalismo. La familia, como genealogía personal, es una sociedad natural primaria, un bloque de soberanía autónomo frente al poder ilimitado del Estado y del poder político e ideológico. Nada menos extraño y más perverso que la obsesión de esos poderes contra la familia. Ellos no soportan que tengamos genealogía personal y sus consecuencias amorosas, morales y jurídicas. Nos querrían pollos o betas 4500981 y ss. Querrían definirnos “desde el origen”. La genealogía humana es personal en doble sentido. Por un lado, se fundamenta en la dignidad de persona del hijo. Cada ser humano tiene un derecho fundamental a “ser hijo”: tiene derecho a ser concebido, albergado en las extrañas, acogido en su nacimiento, acompañado en su crianza y educación según la dignidad de su condición de persona -propia e irrepetible en cada hijo-, lo que exige aquel ámbito de íntima comunidad familiar que mana de la unión de amor conyugal entre sus padres. Gracias a esta referencia segura y reconocida a sus padres únicos, vivida amorosamente en familia, pueden los hijos descubrir, sin sufrimientos y alteraciones a veces muy severas, la propia identidad y alcanzar la madurez humana. Por otro lado, los padres encuentran en cada hijo una singular confirmación y perfección de la definitiva y exclusiva donación amorosa en que consiste su unión conyugal o matrimonio. Cada hijo expresa esa unión. Pues cada hijo, en su misma humanidad personal, es una singularísima e irrepetible imagen en vivo de la historia de amor de los esposos, el fruto vivo de la identidad como padre y madre y, a su vez, un signo permanente de su unión conyugal (vid. Juan Pablo II, en Donum vitae, nn. 57 ss.). La noción de genealogía personal diferencia y articula, con insuperable armonía, la consanguinidad y la conyugalidad, es decir, los lazos de co-pertenencia que surgen de la comunicación de la vida humana a los hijos y el vínculo de co-pertenencia, nacido del libre consentimiento matrimonial, que une como cónyuges a los padres. La razón y la experiencia demuestran, en todo tiempo y lugar, que el bienestar de los hijos con sus padres y entre éstos como esposos es una de las más importantes aportaciones a la vitalidad, al equilibrio, a la calidad humana y al bien común de la sociedad. Si abrimos la recta razón y la experiencia de la vida a las noticias sobre Dios y el hombre que aporta la Revelación cristiana, entonces los significados y bienes de la genealogía personal se enriquecen de manera extraordinaria. Dios es Trino y esta Trinidad de Personas es el modelo originario de la creación del ser humano a imagen suya como varón y mujer, de la semejanza de la paternidad y maternidad humanas con la de Dios, y de la misma familia humana con la Trinidad divina. El “Nosotros’” divino constituye el modelo eterno del “nosotros” humano. (Juan Pablo II, en Carta a las familias, n. 6). El misterio de la Encarnación -por el que el Verbo de Dios toma entera nuestra naturaleza humana, menos la inclinación al mal-, significa asumir una genealogía humana y también la incorporación de las generaciones de cada familia a la comunión de Dios Trino. En efecto, la Encarnación se realiza en familia, en la del matrimonio entre José y María, injertándose en una línea genealógica, encadenada entre nombres concretos de familiares, definiéndose Jesucristo como Hijo del Hombre, “que se dignó pasar por el vientre de una virgen, y nacer de una mujer, y tener como antepasados a David y a Abraham”, lo que ha sido “suma maravilla de Dios”, según expresa conmovido San Juan Crisóstomo en su segunda homilía sobre la genealogía de Jesús (2, 2). Así pues, según la Revelación cristiana, cuando entre padres e hijos y entre esposos se vive ora conservando, ora mejorando y ora reparando su ser familia y matrimonio, entonces todos ellos –unos como esposos, padres y abuelos, los otros como hijos, hermanos y nietos- entrelazan real, íntima y profundamente ese “nosotros humano” con el “Nosotros divino”. En esta experiencia de comunión humana hallan el sentido más verdadero, los mejores valores y bienes, y la realización biográfica más auténtica de su identidad personal y de sus lazos familiares. (*) Pedro-Juan Viladrich. Vicepresidente del Grupo Intereconomía
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