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En fechas próximas a la visita del Papa a Valencia, algunos colectivos de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales, con la complicidad de sectores del socialismo y la imprescindible subvención del Ministerio de Trabajo del actual Gobierno -unos 17.000 euros del dinero de todos-, se han apresurado a convocar unas Jornadas Internacionales sobre Diversidad Familiar, en colaboración con la Universidad de Valencia.
Los organizadores parecen contradecirse. Unos como Antonio Poveda, en representación de la FELGT, afirman que si se ha elegido Valencia, no es para contraprogramar al Papa, sino para que se oigan más voces durante su visita. Otros, como el colectivo DecideT o la página web del Partido Socialista Catalán, no ocultan que se trata de contraponerse y descalificar la visita papal y la doctrina católica como reaccionaria, monolítica y dogmática. Para que no quepan dudas de los propósitos, la Federación Estatal de Lesbianas, Gays y Transexuales (FELGT) y la Unión de asociaciones familiares (UNAF), principales convocantes de las jornadas, han creado un eslogan y una web titulada en valenciano: “Jo no t’espere”. No quisiéramos ser mal intencionados... con el “yo no te espero”. Pero ¡canastos!, siendo todos esos colectivos colegas ideológicos y amiguetes políticos del presidente Rodríguez Zapatero... ¿no les parece que han sido muy poco delicados con Zapatero, espetándole enfadados “yo no t’espere”... sólo porque el presidente sí espera al Papa y hasta le ha pedido audiencia para el atardecer del día 8 de julio? ¡Ay, qué desagradecidos le están saliendo estos subvencionados! El mundo al revés. El gran problema de todos estos colectivos sobre las “nuevas formas de sexualidad y familias” es que, con o sin malicia, necesitan justificar sus propios hechos contra toda evidencia natural, histórica, ética, psicosomática y clínica. Ninguna de sus fórmulas, jamás en la Historia, ha logrado cumplir las funciones sociales estratégicas de la familia. Sin la heterosexualidad, ninguna es capaz de generar vida, ni vincular con amor a los de la propia carne y sangre, ni enlazar las generaciones. El gran argumento ‘progre’ es que la familia consanguínea basada en la unión entre un hombre y una mujer, fielmente estable y procreadora, “no es el único modelo posible..., porque hay otras muchas formas de vivir”. Menudo argumento. ¡Claro que hay muchas maneras de andarse con la sexualidad humana! Ninguna nueva bajo el sol. La cuestión no es que existan, que siempre existieron. La cuestión es si expresan la verdad y la dignidad de la persona humana y de su sexualidad. Ahí está el meollo de la cosa y ahí escuece. Es un auténtico absurdo suponer que en materia de sexualidad, si es humana, no hay ley natural, no hay razón de bien o de mal, no hay verdad ni falsedad. Pero sí hay una verdad con las ballenas, las especies en riesgo de extinción... o con el tráfico en las carreteras. Ya sabemos que el peor enemigo de la familia son las malas familias. Lo pésimo es siempre la corrupción de lo óptimo. Y el peor enemigo de cada uno es sí mismo. Precisamente, porque somos limitados, frágiles, fácilmente desintegrables, y hasta perversos, con notables maldades, es por lo que construir una familia no es tomarse un sorbete o liarse un pitillo. Nada más humano (por lo verdadero, bueno y bello... y, por eso mismo, muy arduo) que fundar, conservar, hacer crecer o restaurar las heridas de una familia. Hay en esta tarea biográfica una unidad de vida, una fuerza de luz, seguridad y entrega a las generaciones que se han engendrado, una revelación de lo mejor de nuestro ser humanidad, cuya importancia no tolera experimentos ideológicos, sectarios y políticos. No es por ricos o pobres, ni por blancos, cobrizos o negros, ni por ser de izquierdas o de derechas... por lo que somos hijos, padres y madres, esposo y esposa, abuelos y nietos, hermanos. Lo somos por ser humanos. Ésta es nuestra primera señal de identidad. El ser humano, cada uno de nosotros, es un ser familiar. Nuestras raíces más profundas son los nombres de cada uno de nuestros vínculos familiares: mi padre, mi madre, mi hijo, mi hermano, mi hombre y mi mujer, mi abuelo y mi nieto. En esto no podemos andarnos con bromas. No vale cualquier cosa. No es una ideología ni una justificación de la propia vida lo que nos da la respuesta válida. Aquí se necesita algo más que adoctrinar desde lo que le pasa al propio ombligo. Seamos algo más honestos. Es vital -so pena de irnos deshumanizando- no perder en materia de familia la exigencia de verdad y de dignidad. Por eso mismo, esperamos la palabra sobre la familia de Benedicto XVI. |