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El pez rojo en su pecera Imprimir E-mail

El presidente Rodríguez se nos ha definido en Marie Claire. Dice ser rojo y utópico y justiciero.

Aunque nadie es buen juez de sí mismo, la psicología –no sólo la psiquiatría- obtiene provecho diagnóstico de los relatos del paciente sobre sí mismo. Nos hacemos una idea del artista, viendo autorretratos tan excelentes como los de Rembrant, Velázquez o Goya. Nos la hacemos del personaje –por ejemplo, de Churchill o de Azaña- leyendo sus memorias. Volveremos de sobre Azaña. Entretanto, la autoproyección de personalidad del presidente Rodríguez en Marie Claire esclarece a los analistas y a la ciudadanía algunas dudas sobre su idea de España, el zigzag o la yenka de su palabrería, su política de alianzas con los nacionalismos independentistas, y su patrocinio del Estatut. ¿Es un frívolo irresponsable, casi un bipolar ideológico en fase eufórica, víctima de la bisoñez y la arrogancia? ¿Es un astuto y maquiavélico estratega que pilota la nave de España hacia el puerto progresista de la identidad confederal y republicana?

 Tal vez Marie Claire tiene, sino la clave completa, la pista buena. Estamos ante un pez rojo en su pecera. Rodríguez Zapatero no tiene otro curriculum que la de político socialista. Es un producto interno de la cultura e ideología oficial de su partido, un novicio, luego monje, hoy prior de la abadía socialista. Y ¿qué realidad ve un pez rojo cuya vida entera la nada sumergido en su pecera…?

Retomemos a Azaña y al llamado Pacto de San Sebastián, que es un lejano precedente del Pacto del Tinell y de las intimidades entre ese tripartito y el Gobierno español. Lo que, en síntesis, nos cuenta Azaña del pacto de San Sebastián es la hipótesis de recíproca confianza entre republicanos españoles y catalanistas republicanos porque ”comprobamos que teníamos, en virtud de nuestra manera de pensar, un criterio común para encauzar la discusión legal y la solución posible del problema catalán…”. Una suposición de afinidad familiar de la que Azaña quedó escaldado. Tengo para mí que Rodríguez Zapatero y un sector del actual PSOE han creído de nuevo en la connatural afinidad progresista, laica y republicana con los nacionalismos, en especial con los más escorados a la izquierda. Algo así como “al fin y al cabo somos de la misma familia, cuando menos parientes próximos”. “Representamos la vena progresista de España”. Un diagnóstico propio de la visión del pez rojo en su pecera. Un error por sumersión ideológica.

Si el presidente Rodríguez, inspirado en la vieja confianza entre republicanos, cree poder utilizar esa afinidad e, incluso, protagonizarla para resolver el problema creado hoy a España por los independentistas y los nacionalistas catalanes y, luego, el específico problema causado por el nacionalismo vasco y por ETA, yerra el diagnóstico de manera mayúscula. La razón de razones, en síntesis, es que la España del 2005 –su Estado y su sociedad- ni por asomo y por fortuna son aquel Estado y sociedad de la España de 1931. Hoy, en la rica y compleja sociedad española, fruto de estos veinticinco años, ni el catalanismo es un factor de regeneración para una España atrasada, inculta y pobre, ni la izquierda ideológica puede, salvo en una pecera, creerse ser el motor exclusivo ni principal del progreso español. La realidad de la España actual es muy diferente y variada.

No espere nuestro Presidente confianza y afinidad progresista con los nacionalistas catalanes, la necesaria para articularles -mediante diálogos de intimidad entre familiares- dentro de la actual España constitucional. Menuda ingenuidad. No existe esa afinidad de progresía republicana, salvo en la taimada y desleal apariencia. El actual nacionalismo catalanista es, a las claras o a las ladinas, separatista de España e independentista.  En cierto sentido, Pujol se encargó de hacer catalanista y nacionalista a la derecha y a su red social. Y, por su parte, Carod se ha encargado de hacer catalanista e independentista a la izquierda y a su entramado social. Ahora, CIU y ERC buscan con el Estatut, utilizando ladina y deslealmente la vía constitucional de la reforma estatutaria, “desespañolizar” a la derecha y a la izquierda catalanas. La chapuza de Maragall, desde la ortodoxia socialista, es de las que harán época. Me apena, presidente Rodríguez, que usted y todo su equipo, bordeando con demasiado frecuencia la verdad, manipulando argumentos y transfiriendo culpas, busquen componenda y farsas para salirse del atolladero, en vez de sacar la pata por derecho. Les condiciona nadar –ay,pececitos rojos- dentro de la pecera.  Pero los hechos externos son tercos. El actual texto del proyecto de reforma del Estatut responde a un espíritu y a una intención. Es una Constitución de la Cataluña nacionalista e independentista hecha de espaldas a la Constitución y a la Nación española. Pese a cualquier apaño y parche, el mal ya está hecho. La ciudadanía lo sabe. Usted verá si decide seguir tratándola de tonta.

Hay otra cuestión más grave. Si el Presidente Rodríguez, junto con cierto sector progre-izquierdista, supone que con los más republicanos y soberanistas de los nacionalismos, tiene una plataforma de verdadero progreso y modernidad, vuelve a equivocarse y en grado superlativo. El actual nacionalismo, el vasco y también el catalán, no es progresista, salvo en la retórica. La realidad es su tendencia regresiva en derechos y libertades tanto para los ciudadanos particulares cuanto para los entes y sociedades intermedias. Los nacionalismos que, para ser lo que buscan ser, necesitan “desespañolizar” y constituirse praeter aut contra la Constitución, tienden a asfixiar o excluir de la vida social a aquellos de sus ciudadanos y sociedades que no se visten con la chaqueta oficial. En ciertas facetas -y crecientes- hoy tiene más libertad de hecho cualquier ciudadano –y cualquier empresa grande o pequeña- de Zamora, Jaén o Castellón, que su semejante de Bilbao o Gerona, de Tolosa o de Hospitalet. Veinticinco años de vida democrática al amparo de la Constitución de 1978, con sus más y menos, no han pasado en balde. La España del 2005 no es la misma que la de 1931. Es moderna, democrática y viva. Hoy el catalanismo nacionalista, como el independentismo vasco, no son factores de regeneración progresista. Me temo que todo lo contrario. Su causa nacionalista les es tan dogmática y totalizante que por conseguirla están dispuestos a imponer un estereotipo falso de España –el nombre innombrable- y a constreñir los derechos y las libertades de cuantos muy legítimamente se comprenden de otra manera, por ejemplo: como catalanes españoles o españoles vascos. En fin, eso que el pez rojo ha visto dentro de su pecera…, no son peces burdeos, sino sanguijuelas. Permítame Presidente Rodríguez, con toda buena fe, hacerle una reflexión. Una sociedad democrática y avanzada, como es la España actual, prefiere de los poderes públicos menos ideología y más eficacia de gestión.

Pedro-Juan Viladrich
Catedrático de Universidad y Presidente del Consejo Editorial

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