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La propuesta etarra de un “alto el fuego permanente” abre una escena nueva y suscita sentimientos encontrados. Nuestros lectores, como todos los ciudadanos de bien, aman la paz, el derecho y la democracia. Por eso mismo sienten esperanza y no quisieran reprimírsela. Pero nuestros lectores, como cualquier ciudadano de bien, no son ovejas estúpidas. Ven de quien viene la oferta: de una banda terrorista que ha pretendido imponer una causa política minoritaria mediante el terror, la muerte y la coacción, que no ha renunciado todavía a la violencia, ni ha depuesto las armas, ni se ha rendido, ni arrepentido del daño causado.
La propuesta, además, se ha “cocinado” desde hace mucho tiempo y de forma muy opaca con el actual gobierno socialista, cuyo Presidente, mientras lo negaba, se ha prodigado en declaraciones, comportamientos y hechos que, salvo la imprudencia más frívola, no tienen otra explicación lógica que la intención de establecer de facto un régimen confederal, de la mano de los nacionalistas catalanes y vascos, mediante el forzamiento inconstitucional de las reformas estatutarias, contra el amplio consenso político que sustenta la Constitución del 78. Entre estas turbulentas aguas, llega por fin la “tregua” de ETA tantas veces anunciada por Zapatero. Como no podía ser de otro modo, muchos ciudadanos sienten una profunda desconfianza. Tienen un saco de interrogantes y un mar de sospechas. Los ciudadanos de bien quieren la paz. Pero una paz de verdad. No una farsa o un engaño que, encima, se les disfrace de paz y democracia. Esta es una hora de grandeza, de tiro por elevación. Tenemos el deber de estar a la altura de las posibilidades de integración y profundización democrática que encierra esta circunstancia nacional. En este sentido, los medios del Grupo Intereconomía –ALBA- son muy conscientes de su responsabilidad. Nuestro compromiso está con la paz y la democracia. No es momento de andar salpicándose entre aguas menores. Pongamos, entre muchos posibles, un par de ejemplos de vuelo rasero. El primero sobre el término “paz”. Es cierto que en el País vasco nunca hubo una guerra, porque si la hubiera habido, el bando de las víctimas –en vez de su ejemplar y heroico comportamiento pacífico- también habría matado sus correspondientes novecientos o más y porque, a la postre, si hubiera habido guerra, lo que se dice guerra…, ésta le había durado una semana al ejército nacional. Lo que ha sufrido el País Vasco y toda España ha sido la violencia asesina y la podredumbre político-social correspondiente al terrorismo. Cierto. Pero la paz es una palabra breve, profunda y rotunda. Con ella todos entendemos en un instante el corazón de la cosa. Por eso, hacer disquisiciones, batalla terminológica y condición inaceptable del uso del término paz, por ejemplo en la expresión “proceso de paz”, nos parece perderse por las ramas. El segundo ejemplo, versa sobre el alegrarse o cariacontecerse ante la noticia del alto el fuego, perdiendo de vista la posibilidad del cese de la violencia en el País Vasco y, en cambio, euforizarse angelicalmente o resabiarse miserablemente según sea uno o no partidario de Zapatero. Esta es una hora nacional. No es momento de broncas entre camorristas. Una hora que pedirá cuentas y muy duras a los partidismos, las estrecheces, las falsedades y las manipulaciones. Con la paz y la democracia, que es interés general y bien común, no se puede jugar como si fuera cortijo propio. Esta es una hora de España y requiere el vuelo del águila por las alturas, no el de las gallinas a ras de corral. Vayamos pues a lo esencial. Y lo esencial es saber pronto y probado si, tras “el alto el fuego permanente” – diga lo que diga la jerga etarra para consumo de sus gentes-, existe la definitiva deposición de toda forma de violencia y el sometimiento a la legalidad democrática vigente en España. Ambas caras lo son de una misma moneda: la victoria sobre el terrorismo del Estado de Derecho, de los derechos fundamentales y libertades públicas de los ciudadanos, de los principios y valores de nuestra democracia. Esa es la paz verdadera y por ella murieron muchos centenares de inocentes. La cuestión es clave. ¿Estamos ante una integración a la democracia con leal respeto a sus reglas, valores, derechos y libertades…, o estamos ante un intento de infiltrarse dentro de la vida democrática, fracasada la vía violenta, para conseguir los mismos objetivos falseando y pervirtiendo cuanto haga falta la aparente inserción democrática? ¿Lealtad o perversión de la democracia? Si hay un fin definitivo de toda violencia y una leal incorporación a la vida democrática debajo del “alto el fuego”, entonces tenemos una oportunidad histórica de enorme consolidación y profundización de la democracia española. Y si eso es lo que hay, habrá que acreditarlo y probarlo sin duda alguna. Concedamos que no es realista pensar que todo un entramado terrorista se democratiza a tiempo cero y velocidad infinita. Concedamos que la “democratización” requiere un proceso, es decir, un camino hecho de etapas o fases, en cada una de las cuales se solucionan diferentes cuestiones, en cada una de las cuales, como peldaños, se asienta la base para abordar y resolver los problemas propios de la siguiente. Podemos entender un proceso. Es decir, podemos entender que cada problema –cese de extorsiones, legalización de partidos hoy ilegales, reparación a las víctimas, medidas de reinserción de presos, reformas estatutarias, etc.etc.- demanda un etapa o fase propia y sucesiva. Podremos estar de acuerdo con el proceso y, sin embargo, disentir de una etapa criticando ciertas medidas. Probablemente, nada pueda conseguirse sin un paciente, largo y difícil proceso. Pero, en una hora nacional de esta envergadura, ese necesario proceso no será posible recorrerlo sin otros dos elementos claves, a saber, la restauración de una auténtica confianza y de un leal consenso entre las fuerzas políticas representativas de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Si el proceso es honesto y persigue de veras su fin democrático, podrá pedir sacrificios y renuncias, las podrá pedir sobre el consenso y la confianza. Se atascará o irá a pique, entre navajazos y traiciones, sin esos cimientos. Un primer paso en esta dirección –confianza y consenso mayoritario- lo dieron el otro día Zapatero y Rajoy. Era imprescindible. Todavía es insuficiente. Tampoco la confianza se reanuda a tiempo cero velocidad infinita. Se asienta en la repetición de actos honestos. Observaremos qué lider está o no a la altura de su confiabilidad, pues nuestro compromiso no está con éste o aquel en materia de tanta importancia, sino con la paz y la democracia en España. Veamos, por hoy, una última cuestión del “proceso de paz”. Lo que da sentido a las etapas, de por sí partes muy diversas y a veces difíciles, es la unidad de fondo del proceso, su finalidad última. El “proceso de paz” no puede tener otro sentido y finalidad última que la integración en la vida democrática constitucional y la consolidación de los valores del Estado de Derecho. Este es el faro de referencia del puerto de arribada. Pues bien, sobre la autenticidad de este puerto final es donde hoy hay -y las habrá a lo largo del proceso- muchas dudas y sospechas. Tal vez sea cierto que el proceso se extenderá sobre varias legislaturas. Sea como fuere, hoy por hoy los principales responsables políticos son Zapatero y Rajoy, como cabezas de los partidos nacionales mayoritarios. No obstante, es Zapatero, como presidente del Gobierno de todos los españoles, a quien corresponde la mayor iniciativa y responsabilidad sobre la autenticidad democrática del fin último del proceso de paz, sobre la confianza y sobre el consenso entre las fuerzas políticas mayoritarias. No sea que ocurra, ejemplos hay muchos en la historia de las naciones, que la ciudadanía no confíe la gestión de un tan largo, duro y difícil proceso a quien lo inició. La ciudadanía española no perdonará, en esta hora nacional, un uso mentiroso, fraudulento, partidista, sectario, inseguro, errático o frívolo del proceso. Lo veremos en las elecciones. Supongo que Zapatero y Rajoy lo saben. Será muy interesante comparar quien de los dos sabe volar como águila…, porque es a las gallinas a quienes come la raposa y pica “la serpiente”. Pedro-Juan Viladrich Vicepresidente del Grupo Intereconomía
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