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Va calando en la opinión pública la convicción de que algo oscuro, intencionadamente oculto por inconfesable, se está tramando entre el Gobierno socialista y el conglomerado etarra. El apaño, además, usa el bien de la paz como disfraz y justificación.
La paz auténtica requiere aquella seriedad, sencillez y transparencia que es propia de la verdad. En cambio, lo que hay son frases publicitarias, cursilerías y palabrería: “el comienzo del inicio del principio del fin...” El bla-bla blandiblú del presidente Rodríguez ya resbala, incluso indigna. Hasta sus más obligados defensores no saben cómo justificar su ausencia del congreso en Valencia de las víctimas del terrorismo. Suena a huida, antes de achicharrarse, la deliciosa espantada de Peces-Barba. Después del muy mal llevado proceso del Estatut, todavía puede ser peor la cuestión vasca. Todo ciudadano de bien quiere la paz. La quiere hoy, pero la quiso siempre. Ningún ciudadano de bien, ni en esta hora ni en los largos años pasados, se autorizó a conseguir objetivos políticos, de suyo libres y opinables, mediante el recurso a la extorsión, al chantaje, al asesinato y al terrorismo, masacrando sin piedad alguna derechos y libertades fundamentales de inocentes víctimas y de sus familias. Estos sufridos ciudadanos, en especial las víctimas del terrorismo, son quienes pueden hablar de paz, porque siempre la quisieron y jamás respondieron a la violencia con más violencia, sino con el derecho. No todos obraron así. Ahora los terroristas y sus cómplices hablan de paz. Pero hay paz y ‘paces’, porque hay una verdad de la paz y ciertas ‘paces’ son falsas. La paz auténtica se apoya sobre la verdad de los hechos, sobre el respeto a los derechos de las personas, sobre la justicia, sobre el deber de reparación del daño causado... y sobre la recíproca voluntad de perdón. Las paces falsas necesitan ocultar y manipular la verdad de los hechos, imponer ‘verdades oficiales’, aprovechar los beneficios de todas las injusticias perpetradas -las extorsiones, los exilios y las muertes- y evitar reparar ningún daño causado. “Hacen un desierto -decía el clásico Tácito- y lo llaman paz”. La paz verdadera aquieta los ánimos por su justicia y abre la esperanza en el valor de un futuro según el Derecho. Las paces falsas desasosiegan por su injusticia, desalientan de un futuro donde hay beneficio y privilegio para los violentos y delincuentes, corrompen la salud pública, deslegitiman la autoridad de los poderes políticos, y tientan a las víctimas a tomarse la justicia por su mano. Juzguen nuestros lectores sobre lo que está pasando en España. Las víctimas del terrorismo -y con ellas una ingente mayoría de ciudadanos- quieren justicia y paz. Están dispuestas al perdón, que forma parte de la verdad de la paz, si los asesinos y sus cómplices estuvieran también dispuestos a pedirlo. El perdón es una relación de correspondencia entre agraviados y ofensores. ¿Cómo perdonar a quien no quiere ser perdonado, a quien niega haber hecho daño, a quien sigue dispuesto a extorsionarte, aterrorizarte y matarte? El arrepentimiento de los terroristas y sus entornos es fundamental para una paz verdadera. Y el arrepentimiento significa reconocer que fue y sigue siendo gravísimamente injusto violar derechos, aterrorizar y matar por una causa política. Ésta es una verdad sustancial de la paz en una sociedad justa y democrática. Así pues, estamos ante una cuestión de justicia, de básica y primaria justicia en democracia -donde es el entero pueblo, y no un grupo de terror, el depositario de la soberanía- y en Estado de Derecho, donde son los tribunales quienes, según Derecho, dirimen los conflictos, y nunca un grupo de asesinos y delincuentes mediante la ley de su violencia y terror. ¿Qué paz piden ahora los terroristas y qué clase de paz puede esperarse de ellos en el futuro, si no hay reconocimiento de la brutal injusticia causada a las víctimas y a la entera sociedad, y si lejos de arrepentirse... siguen extorsionando para lograr beneficios políticos, exigen excarcelaciones e impunidad sin arrepentimiento, y se vanaglorian como hazañas de sus delitos? ¿No es eso una falsa paz, una insoportable mentira, una victoria de la injusticia? Viendo lo que ven y oyendo lo que oyen, muchos ciudadanos se están haciendo inquietantes preguntas sobre el proceder del presidente Rodríguez. Alguna pavorosa. Lo que ven es ocultación de la debida información a la opinión pública, a las víctimas del terrorismo, al Congreso, al mayor partido de la oposición, el PP, y a los demás. Lo que ven son sospechosas concesiones políticas al mundo etarra y actitudes despectivas hacia las víctimas. Lo que oyen son palabrería para tontos, fuerte hedor a manipulación y engaños. La paz, presidente Rodríguez, es un bien común, no un cortijo particular suyo. La justicia y el derecho de las víctimas del terrorismo, sus muertos y su inestimable contribución -gracias a su ejemplar reacción- al Derecho y a la democracia, son patrimonio de toda la ciudadanía, no una cuenta corriente al servicio de los intereses de poder del presidente y su camarilla política. Lo del principio del comienzo del fin... sólo sería apto para aquellos a quienes “el inicio del comienzo” o “el comienzo del principio de un inicio” los deja pasmoabiertos y estuporgásmicos, probablemente por adulación endogámica u oligofrenia progrecongénita. Y haylos. Lo peor de esa palabrería es la sospecha de disimular una grave malversación del interés general suplido por un interés político particular, sectario e ideológico, acerca de otra identidad de España y los correspondientes nuevos repartos de poder. La pregunta pavorosa es ésta. Presidente Rodríguez: ¿qué es lo que realmente, a oscuras y por debajo de la mesa ciudadana, está usted tramando con la izquierda batasuna y los etarras? ¿Una paz de verdad según las exigencias del interés general de España o... un reparto de poder político y socio-económico entre el sector socialista que usted lidera y la izquierda abertzale vasca? ¿Por eso, entre otras espinas, es por lo que soplan vientos de fronda en el PSOE y está jubilando a sus compañeros incómodos y a la vieja guardia socialista sin pausa y con prisa? ¿A este secreto reparto de poder entre usted y ‘ellos’ van a llamarlo paz y tienen ya rubalmaquinado cómo hacérselo digerir a la ciudadanía vasca y española? Si esta sospecha vehemente se convirtiera en hecho probado..., me temo que el presidente Rodríguez no podría vendernos una tregua, porque todos sabríamos que ha vendido la paz en provecho propio. Concluyendo. Estamos a tiempo. ¿Podría nuestro presidente Rodríguez explicar a la nación, de forma sencilla y transparente, qué y cuáles son los términos con los que está negociando el bien de la paz, que es bien común, es decir, de todos y no suyo? Editorial |