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En un país no muy lejano, probablemente el de las maravillas, había una afamada zapatería. Industria artesanal, dirigida por un veterano maestro, hacía excelentes zapatos.
Por la calidad de la piel, además de fuerte y estanco, el calzado mantenía, pese al uso, el elegante y discreto lustre del primer día. Aun siendo notables estas virtudes, sin embargo la mayor, según juicio unánime de los clientes, era su comodidad. Cada zapato, al modo de un suave calcetín de angora, envolvía su correspondiente pie. El secreto de esta excelencia era sencillo. No era otro que el cuidado en la medida. Los zapatos, por supuesto, se hacían a la medida de los pies de cada cliente. De pronto, un día cualquiera, murió el maestro artesano en un trágico accidente. El país de las maravillas quedó conmocionado por los cuatro costados. Tal como suena. No es exageración. Como es bien sabido, aunque de ordinario no reparemos en ello, todos calzan zapatos, desde el rey hasta el último ciudadano. Esta inesperada evidencia quizá nos ayude a disculpar que ya en los funerales -no en voz alta, pero sí mediante cuchicheos y murmullos- se extendiera entre muchos la preocupación por el futuro de sus pies y sus zapatos. En aquellos días de duelo, dudas y temores, ocurrió que un joven aprendiz de zapatero presentó un primoroso zapato de sugestivos tonos colorados y, además, varios diseños de otros tantos de igual o mayor atractivo. Prometió ser capaz de asegurar, hasta mejorar, el futuro del negocio. Fuera por lo que fuera, incluso concediendo que en tiempos de penumbra cualquier promesa de luz nos parece el sol, lo cierto es que pronto hubo acuerdo para nombrarle maestro zapatero y ponerle al mando del negocio. Al principio, los clientes estaban encantados con las nuevas y bellas formas. ¡Qué cambio, qué mejora, qué cosa…! No habían pasado ni dos lunas cuando se produjo el incidente. Primero fue sólo uno. Poco a poco fueron tres… y luego diez y, al fin, muchas docenas más. Los clientes venían con el pie derecho en carne viva, quejándose del zapato correspondiente. Les apretaba y dolía, les llagaba y hacía cojear. En el país de las maravillas, empezaron a crecer los cojos del pie derecho. Con sonrisa imperturbable, el joven aprendiz de zapatero culpaba a los pies derechos de no saber ajustarse a su extraordinario y magistral zapato. ¡Qué sabrá un pie y más si es derecho -decía- de lo que debe ser su zapato! No quedó ahí el suceso. Aunque pueda resultarnos una inimaginable sorpresa, ocurrió que los clientes, por causa de las apreturas y heridas en el pie derecho, que compensaban sobrecargando el paso sobre el otro pie, comenzaron a resentirse también del zapato izquierdo y acabaron cojeando de ambos pies. La reacción del novicio maestro zapatero siguió siendo la misma. Eran los pies los que debían amoldarse a los zapatos, y eso principiando por la primacía del zapato izquierdo. Hay que confesar que por calzar moderno -¡Cielos santos!- muchos intentaron seguir ese consejo una y otra vez. Fue inútil. Los pies eran demasiado tercos y no se adaptaban a aquellos zapatos: primero dolía el derecho, luego también el izquierdo. Comenzó a extenderse tanto la cojera que se temió que se convirtiera en distintivo de los ciudadanos del país de las maravillas, incluyendo al rey. No es de extrañar, vistos estos sucesos, que se escucharan algunas voces y ciertos tímidos interrogantes. ¿Son los zapatos para los pies o los pies para los zapatos? ¿Es justo, equitativo y saludable aceptar que los clientes tienen dos pies, uno derecho y otro izquierdo, que lo normal es andar con ambos sin que ningún zapato hiera ni el derecho ni el izquierdo? O, más bien, ¿debemos suponer que los pies son para los zapatos y que, sin chistar, nuestros pies deben amoldarse a los zapatos que tenga a bien hacernos el zapatero? ¡Ay, los pies son tercos, demasiado..., tanto como lo que es real! De manera que en el país de las maravillas empezó a extenderse una peregrina hipótesis. A saber, que los zapatos están al servicio de los pies -de ambos, porque los dos son imprescindibles para el armonioso caminar- y que un maestro zapatero es quien sabe hacerlos a la medida del izquierdo y del derecho, y no trastocando el mundo del revés. P. S. A veces un rayo de sentido común levanta las alfombras, disipa tópicos férreos como la niebla el sol. La progresiva cojera del país de las maravillas -es decir, la imposibilidad de caminar con ambos pies- abrió una investigación. Súpose, entonces, que el novel maestro zapatero sólo sabía hacer el zapato izquierdo y que dicho zapato lo copiaba, con disimuladas variantes, de un pequeño libro en cuyas ilustraciones figuraban exclusivamente dibujos de zapatos izquierdos. Descubriose, al fin, que nuestro aprendiz de zapatero desconocía el arte de tomar medidas a los pies, no sólo al derecho, también al pie izquierdo. No hay mal que por bien no venga. El país de las maravillas aprendió que cuando un zapatero no sabe tomar las medidas de ambos pies -con igual mimo y respeto a las características propias del derecho y del izquierdo-, es que no tiene oficio suficiente. Quienes le compran zapatos se condenan a cojear. Pedro-Juan Viladrich Catedrático de Universidad y Presidente del Consejo Editorial
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