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No acabo de entender a los nacionalistas. Y menos aún entiendo esa contradicción en los términos que supone el nacionalismo de izquierdas.
La izquierda marxista ha pasado siempre olímpicamente del concepto de nación porque tendía a la solidaridad universal, mientras que el nacionalismo es una especie de egoísmo social, tanto más peligroso cuanto más se aleja de la razón y se adentra en el manipulable mundo de los sentimientos. Las contradicciones y las locuras resultan más o menos inocuas cuando se producen en la superficie, pero si operan en el fondo de las ideas, pueden resultar letales para esas mismas ideas. Y esto ya no es que no lo entienda, es que no me lo creo. No me creo que los nacionalistas de izquierdas, y los otros, apoyen políticas que dañan a la familia, que la relegan a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, y que, al mismo tiempo, pretendan construir naciones verdaderamente soberanas. No hay soberanía nacional posible sin la ‘soberanía’ de la familia en el cuerpo social. No hay naciones fuertes sin familias fuertes, conscientes de su vocación y de su misión. Ahí está la Historia para demostrarlo. Así que no me lo creo. No me creo a los nacionalistas. No me creo que estén tan locos, que sean tan malos nacionalistas, que sean tan falsos. Es la economía, estúpido. ¿Seguro? ¿Sólo es la pasta? A lo peor, todos estos nacionalistas tripartitos son unos infiltrados que pretenden destruir tanto la familia como sus propias naciones. No sería la primera vez. Paco Segarra, creativo publicitario |