|
El presidente de la Conferencia Española de Religiosos (Confer), el mercedario Alejandro Fernández Barrajón, con ocasión de presentar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada -que convoca el Papa-, a un pequeño círculo de periodistas, a preguntas de éstos sobre la posición de la Santa Sede sobre la homosexualidad y la idoneidad para el sacerdocio, se permitió hacer unas declaraciones que, aireadas y comentadas por la prensa, han causado notable malestar entre los padres de familia y ciudadanos católicos de a pie, entre los propios religiosos y en círculos muy autorizados de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede.
Puesto en contacto ALBA con el padre mercedario Fernández Barrajón, éste reconoce que lo publicado se ajusta al contenido de lo dicho, si bien matiza que los periodistas han hecho alguna interpretación al confeccionar la noticia. Dejamos al buen sentido de nuestros lectores el juicio sobre la falta de prudencia, de pertinencia y de competencia de estas declaraciones. Pues bien, si la noticia se ajusta al contenido, según confiesa el propio presidente de la Confer, entonces nuestro buen mercedario ha colaborado activamente, por causa de su imprudente falta de continencia verbal en sede inadecuada, a que sus afirmaciones de contenido se hayan dado como noticia. Por ejemplo, las siguientes: que Jesús no asumiría la actitud de la Santa Sede sobre la homosexualidad, que la Iglesia tiene que abordar este tema con más humanidad y más misericordia, que lo importante es la madurez sexual y afectiva, que no es evangélico condicionar a la persona por su orientación sexual, que el día que la Iglesia no sea plural no es evangélica. Todo presidido con la afirmación entrecomillada (sic) “Jesús no lo haría”. Y a eso añádanse sus palabras de crítica a que la Iglesia apoye manifestaciones en la calle de ciudadanos, por ejemplo la manifestación en pro de la familia con ocasión de la legislación que define como matrimonio a las uniones entre homosexuales o la que protestó contra la reforma educativa del Gobierno socialista. Resumen final: un lamentable revoltijo sobre diversos temas muy delicados, que requieren muchos matices, sede oportuna, ninguna ambigüedad, y nada de jugar al cultivo del particular currículo de religioso progre. Favorecer el cocinado mediático de ese guiso revuelto y ambiguo -el viva la libertad y pluralismo eclesial, la Iglesia peca de inhumana e inmisericorde con los homosexuales, la Iglesia no debió apoyar las recientes manifestaciones ciudadanas, y la guinda “Jesús no lo haría”- es objetivamente lamentable. Es lógico el malestar entre cristianos, religiosos y altas autoridades de la Iglesia. El ciudadano cristiano, el laico, aquellos a los que corresponde de forma específica la configuración evangélica de las realidades sociales, profesionales y políticas, siente una notable perplejidad al verse ilustrado, juzgado y criticado por un religioso, es decir, por quien tiene precisamente como carisma un anticipar aquí y ahora el Reino de los Cielos, precisamente mediante un apartamiento de las realidades temporales, civiles y políticas, las cuales corresponden al compromiso propio de los laicos. Parece, a tenor de los contenidos de sus declaraciones, que nuestro buen mercedario, tan vibrante defensor de la libertad y pluralismo eclesial, se considera en competencia de oficio -quizá como presidente de la Confer- para inmiscuirse, criticándolas tan negativamente, en las legítimas opciones cívicas de los laicos que, en cuanto ciudadanos, estiman que la ley que matrimonia la homosexualidad es gravemente falsa, atenta al núcleo conyugal verdadero de la familia, y perjudica muy severamente la educación en la buena madurez heterosexual y afectiva de los hijos, que es primera competencia de sus padres y no de ningún religioso; o que ven muy severamente en riesgo sus derechos constitucionales, como padres, sobre la libertad de educación y enseñanza, cercenados desde una ideología sectaria hostil a la enseñanza de la religión y de la moral católicas. Y por eso, vista la sordera del Gobierno ante millones de firmas, deciden legítimamente manifestarse con ejemplar temple democrático. Nuestro buen mercedario, como religioso, haría bien en abstenerse de dar lecciones a los ciudadanos laicos. Y si tiene, como ciudadano español, sus propias ideas cívicas y políticas, haría mejor en no usar para exponerlas de su posición como presidente de los religiosos, de la Confer, porque eso es un abuso y muy grave. ¡Qué rancio clericalismo tienen todavía algunos -por fortuna ya pocos- clérigos y religiosos! Y hablando de abusos, terminemos. Nos sorprende la cantidad de vicarios que le salen a Jesús por esos mundos y también en las Españas. Pensábamos que había sólo uno, el obispo de Roma, el sucesor de san Pedro, hoy el Papa Benedicto XVI, quien con mucho cuidado, en ocasiones muy medidas y solemnes, puede decir con autoridad y de manera pública que haría o no Jesús, porque sólo el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra. Pues no. Parece que hay más. Que estime el sentido común del lector qué juicio le merece -en prudencia y confiabilidad- que alguien se nos arrogue la competencia de hablar en nombre de Jesucristo y, encima, para criticar y ponerle los puntos sobre las íes a la mismísima Santa Sede. ¿No les parece que hay algo que no cuadra? Salvo casos de paranoia delirante, en los que creerse Napoleón o considerarse representante terrícola de los alienígenas de Orión está exento de responsabilidad, estimamos síntoma de prudencia y hasta sana humildad que ningún cristiano, sea cual sea su carisma y estado, se apropie de Jesús, le haga hablar por su boca ante el ágora mediática y en uso de un cargo abuse de su nombre, habiendo como hay Vicario suyo en Roma y obispos al frente de cada diócesis. Editorial |