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Dios es Amor Imprimir E-mail

No es la primera vez que los cristianos oímos tamaña -suprema- revelación. Nos lo contó san Juan, el evangelista, en su primera carta. Era el siglo primero de nuestra era. Me temo que muchos cristianos no lo tomamos demasiado en serio.

Tal vez nos cegaron los significados que había en nuestro diccionario cultural. Quizá nos han encarcelado y empobrecido los modos como malvivimos eso del amor en nuestras vidas. ¿Amor?

¡Qué cosa menor, sentimental e irracional, erótica y alocada, crónica de la ilusión y la decepción, cosa privada, doméstica y hasta femenina, palabrería poética, cursi y, sobre todo, inútil! Con el amor, no se gana la vida en este mundo, en ningún lugar, en ninguna época..., salvo que uno mercadee con el sexo. ¿Amor? Probablemente, una de las palabras más violadas y gastadas.

Y, sin embargo, ya nos lo contó también san Juan en el umbral del primer milenio: la Luz vino a este mundo, pero nuestras tinieblas la rechazaron. La Luz es que Dios es Amor.

Ahora, al comienzo del tercer milenio, Benedicto XVI retoma la grandísima revelación, el centro del misterio de la intimidad de Dios, el meollo del sentido de la vida de cada uno de los seres humanos. No recuerdo un documento oficial del Magisterio de la Iglesia que contenga una exposición tan amplia, sistemática y específica sobre el Amor.

La carta encíclica Deus Caritas est es un texto de primera magnitud, que redime el abuso de la palabra y devuelve la Luz al Amor. El mundo y la cultura actuales, cada uno de nosotros, necesitaba este aliento puro y fresco, lleno de vida.

Va a ser un hito histórico. Revolucionará miles de cosas, millones de vidas. Recomiendo vivamente leerla. Lentamente. A veces un solo epígrafe. Que el alma identifique la idea fuerte, el chispazo de tierna luz, y se detenga a paladearla sin prisas, abiertos sin miedo a lo que nos cambia. Uno no será el mismo, ni consigo mismo ni con los demás, si lo hace.

Es una introducción fuerte y clarividente al amor verdadero, bueno y bello. Una magnífica lección de antropología. Al mismo tiempo, es una muy autorizada lección de teología y eclesiología sobre el amor de caridad como misión de la Iglesia y de cada cristiano.

La encíclica es extensa y muy rica. Precedida por una extraordinaria y breve introducción, la primera parte -titulada “La unidad del amor en la Creación y en la historia de la salvación”- recorre la historia de la división y disociación entre eros y ágape, entre aquellas fuerzas que se nos imponen, que son necesidades y carencias, en las que buscamos su satisfacción mediante el uso y posesión de un amado y el otro mundo del amor, la capacidad de benevolencia, donde el amador se abre de veras a la búsqueda del bien para el amado y se entrega como en forma de don y de acogida.

Benedicto XVI muestra la unidad entre alma y cuerpo al amar y el camino para conseguirla entre los amadores. En este punto, la encíclica alcanza una de las aportaciones principales, consistente en mostrar las virtudes y la transformación ética como la única vía que garantiza la integración entre eros y ágape, entre carne y espíritu, el éxtasis y elevación que son don y acogida, en vez de clausura narcisista y ególatra, degradación y abuso del otro como objeto de placer y provecho.

Magistralmente, en ese momento, la encíclica vincula esta enseñanza antropológica con las novedades sobre el amor humano y la revelación de Dios como Amor que la fe bíblica aportó al pueblo de Israel y así preparó la manifestación viva del Amor de Dios en la persona de Jesucristo, Dios por Amor hecho Hombre para salvar a cada hombre con un amor que alcanza la entrega total de su vida y la muerte en redención amorosa de todos.

La segunda parte de la encíclica -bajo el título “Caritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como comunidad de amor”- está centrada en la presentación, mediante una sugestiva encadenación de temas capitales en secuencia, del amor de caridad como el gran servicio de la Iglesia y de los cristianos.

Hay en esta parte una revolucionaria presentación del papel de la Iglesia, a través de sus diferentes instituciones y movimientos, en la tarea de comprometerse, sin falsas retóricas y con atenciones secundarias, en las más concretas tareas de solucionar las miserias y pobrezas de la Humanidad, empezando por la tolerancia cero respecto de aquellas condiciones de vida que no alcanzan un nivel mínimo de dignidad.

En este punto, tan delicado, la encíclica desarrolla una magistral presentación de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre la base de una exquisita distinción entre la responsabilidad por la justicia que corresponde al mundo de la política y de sus máximas instituciones -como el Estado- y la presencia del amor de Dios a través de la misión de servicio de amor de la Iglesia y de los cristianos, especialmente los laicos.

Los pasajes son claves, porque sientan la distinción de competencias sobre el orden social justo, pero iluminan sin dudas la específica responsabilidad de la Iglesia, sin salirse de su campo espiritual y misión religiosa, en la tarea de contribuir a la justicia del mundo, mediante la iluminación purificadora de la razón humana -que a solas e inmanente engendra totalitarismos ideológicos- y mediante el fortalecimiento de la ética. Estos pasajes, podemos vaticinarlo, van a tener repercusiones muy importantes e inmediatas respecto de los actuales desequilibrios mundiales y situaciones de objetivo escándalo e injusticia.

Estamos ante un texto magisterial de primera magnitud histórica. Permítasenos terminar con una sugerencia sobre las primeras palabras de la encíclica, las que citan el texto de san Juan: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él “(1 Jn,4,16). Tan fuerte debió de ser en los primeros tiempos del cristianismo esta colosal revelación, que fue frecuente entre los Padres de la Iglesia -por ejemplo san Juan Crisóstomo o san Gregorio de Nisa- insistir a sus lectores, los primeros cristianos, que llamar Padre a Dios era el mejor modo de acceder a su intimidad, porque definía de una manera más profunda su intimidad el amarle como Padre que, incluso, el llamarle Dios.

Es muy fuerte, pero muy consolador e iluminador, ese consejo de la Patrística. Pongamos un sencillo ejemplo práctico. Cuando en nuestras familias nos dedicamos a amar de veras a nuestros padres, hijos, hermanos o abuelos -sabiendo que Dios es amor y que quien permanece en el amor permanece en Dios-, en ese amor de familia Dios verdaderamente, tal cual es de íntimo, habita en nuestro amor y en nuestras familias. Dios es Amor. La tarea cristiana -en esta hora de odios, violencias e injusticias de este mundo- ha sido recentrada en su íntima esencia y relanzada con la Luz del Amor.

Pedro-Juan Villadrich, catedrático de Universidad y vicepresidente del Grupo Intereconomía

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