|
“La libertad nos hará verdaderos”, que dijo ZP, enmendándole la plana a Jesús de Nazaret, y uno entiende que, no significando la frase absolutamente nada -uno necesita saber cuáles son las opciones antes de elegir, no al revés-, se entiende que el bobo solemne que nos gobierna necesite tirar balones fuera y aguar la verdad a toda costa. Desde el “¿qué es la verdad?” de Pilatos, al poderoso le da yuyu que las cosas sean como son y no como a uno le gustaría, como conviene.
El poderoso es un mono de Dios, un diosecillo de cuarta que aspira a decir “¡hágase!”, y que se haga, que las cosas sean con sólo decirlas. Así, se crean entidades oficiales que de ninguna manera podrían ser reales, como el ‘matrimonio’ homosexual, y se convierte el sentimiento -el sentimentalismo- en fuente de reivindicación política. Las cosas no son como son; ni siquiera son como las comprendo, sino como las siento. El vendaval nacionalista, que amenaza con dar la vuelta a quinientos años de historia común y que está convirtiendo la vida pública en un inestable lodazal de cambalaches e intereses se basa en un 99 por ciento en esto; uno no oye argumentos fríos y racionales, cálculos que, erróneos o no, llevan a concluir que a tal región o comarca le iría mejor como Estado independiente. No, uno se quiere separar de España porque no se siente español. Y se considera definitivo; se discute si se debe o no sentir así, cuántos sienten así, pero nadie hace la pregunta del millón, a saber: ¿qué tiene que ver eso? La última aplicación de esta curiosa tendencia a adecuar lo que es a lo que deseamos que sea parece ser la Ley de Identidad de Género con que se nos amenaza. Ya están abriendo boca con conmovedoras historias de sargentos de la Guardia Civil que se cambian de sexo y vuelven al cuerpo con otro cuerpo. El ADN, terco, seguirá diciendo en cada célula de todo ser humano si es mujer -XX- o varón -XY-, pero la ley fingirá que estamos ante Vanessa cuando a Manolo le dé por sentirse mujer. Carlos Esteban |